Comienzo la selección de poesías en vistas a publicar mi libro.
A ver con qué me encuentro.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Caída
Unos pocos bajaron la cabeza, extasiados por la sequedad del humo atrincherado en las catacumbas de la gran ciudad. Eran tiempos de conflicto, como siempre.
Seguía mirándoles, buscando alguna palabra en alguna boca, algún brillo en alguna pupila; la muchacha que había permanecido atenta durante todo el discurso, sentada junto al joven de veinte a treinta años de edad, seguía mirándome, boquiabierta e inmóvil. Quizás la estaba esperando a ella, quizás ella había pasado la mayor parte del viaje, de su vida, buscando a alguien que la esperara. Pero no habló. Antes de su segunda oportunidad para hacerlo, una madre y una hija de apenas cinco años entraron en el vagón y todo quedó iluminado por sus perfectas trenzas de perfecta simetría, rubias, como muelles sobre su cabeza inquieta y curiosa. Fue entonces cuando decidí abandonar el vagón definitivamente, no quedaba nada más que decir y no me atrevería a desterrar a un ángel del paraíso por lo que seguro se quedaría en un capricho, una anécdota del destino que zumbaría durante un máximo de tres paradas la mente de aquellos viajeros comunes, presos. ¿Cómo puede ser libre alguien que no se estremece al hablar de la libertad?
Me bajé del vagón al tiempo que la niña me regaló la intensidad de su inocencia y no miré atrás.
Mis pensamientos se transformaron en algo ajeno a mí. Me había convertido en un joven que arrastraba sus pies por entre las galerías, rodeado de murmullos de ignominia y sospecha; un joven alto y delgaducho, moreno, pelo corto: trasquilado; un joven de mirada perdida que intentaba recapacitar sobre qué acababa de hacer, sobre qué demonios pretendía con aquella demostración de a saber qué... de quiebra, rebeldía, insatisfacción, utopía,... locura al fin y al cabo.
Antes de que pudiera avanzar en lo que debiera haber pensado ese joven en aquel vagón durante los últimos diez minutos, un torrente de pensamientos le colapsó los sentidos: ideas asesinadas por el olvido, comentarios secuestrados, bocetos de perfiles de cada uno de los integrantes de aquel vagón en base a sus disfraces, la naturaleza abstracta y única de esas miradas le hicieron ceder ante su intención de concentrar su mente en una sola cosa. Cosa concreta que no llegó a tiempo a su cabeza, que quedó renqueante, sumida en una sensación de fracaso, cansada ante la obviedad de la impertinencia propia de los egoístas que llevaban varios siglos predicando su dogma: "Homo homini lupus"(.doc). No le dio tiempo a discernir qué diferenciaba a un lobo de un hombre, ni a recordar la forma de una luna llena, desconectó de todo cuanto le era inteligible y anduvo con destino memorizado por los pasillos que habían pasado a ser tan propios como los de su propia casa tras haber recorrido una y mil veces sus corrientes. Como un recluso de sí mismo.
Salió de la estación, se dejó arrastrar por la marea de voces y motores hasta la entrada de la universidad, cruzó un pasillo de unos veinte metros de luz, empujó hacia abajo una manilla dorada ya acompasada a su pulso y entró en el aula por la puerta más alejada de la voz chirriante de la profesora de turno, aún con la cabeza gacha. No saludó a nadie. Se sentó solo al final de la clase con la sucia y prácticamente vacía bolsa de tela colgada aún del hombro. Se acomodó sin gestos abruptos, sólo miradas vacilantes hacia el exterior en busca de cualquier significado que pudiera transmitirle el movimiento de las hojas más allá de la crudeza del invierno. Aún no conseguía asimilar lo que acababa de hacer. Sólo era un idiota, y lo sabía.
Terminó la clase.
- ¿Otra vez llegando tarde?- le susurró una voz a sus espaldas -Si quieres luego te paso los apuntes, ¿tienes grupo para hacer el trabajo? Qué digo, si lo ha explicado antes de que llegaras,... ¿te apetecería hacerlo conmigo?
- Vale.
- ¡Vale!
Era la única mujer de clase con la que mantenía una relación cordial, de hecho era casi la única persona de clase con la que mantenía relación. Ése no era su sitio, y él lo sabía. Como también sabía que no tenía razones para hacer el trabajo con ella más que la obligatoriedad, previamente excusada, por parte de la profesora.
Era un solitario, uno de esos que siempre es bueno conocer para darse cuenta de que no todo el mundo es igual, una de esas personas que parecían inteligentes simplemente por no decir demasiadas estupideces, por hablar poco. Estaba casi plenamente seguro de que aquella joven, hasta cierto punto bonita, sentía una atracción especial hacia él, y más allá de la veracidad de sus sentimientos, era algo que lo amedrentaba. Pero tenía que aprobar ¿no?
-¿De qué tenemos que hacerlo?
- No sé, es tema libre, a mí me da igual, ¿quieres elegir tú el tema?
-¿Cuándo quedamos?- No se había detenido ni a pensar de qué asignatura estaban hablando.
-¿Mañana te viene bien?
- No sé.
...
Seguía mirándoles, buscando alguna palabra en alguna boca, algún brillo en alguna pupila; la muchacha que había permanecido atenta durante todo el discurso, sentada junto al joven de veinte a treinta años de edad, seguía mirándome, boquiabierta e inmóvil. Quizás la estaba esperando a ella, quizás ella había pasado la mayor parte del viaje, de su vida, buscando a alguien que la esperara. Pero no habló. Antes de su segunda oportunidad para hacerlo, una madre y una hija de apenas cinco años entraron en el vagón y todo quedó iluminado por sus perfectas trenzas de perfecta simetría, rubias, como muelles sobre su cabeza inquieta y curiosa. Fue entonces cuando decidí abandonar el vagón definitivamente, no quedaba nada más que decir y no me atrevería a desterrar a un ángel del paraíso por lo que seguro se quedaría en un capricho, una anécdota del destino que zumbaría durante un máximo de tres paradas la mente de aquellos viajeros comunes, presos. ¿Cómo puede ser libre alguien que no se estremece al hablar de la libertad?
Me bajé del vagón al tiempo que la niña me regaló la intensidad de su inocencia y no miré atrás.
Mis pensamientos se transformaron en algo ajeno a mí. Me había convertido en un joven que arrastraba sus pies por entre las galerías, rodeado de murmullos de ignominia y sospecha; un joven alto y delgaducho, moreno, pelo corto: trasquilado; un joven de mirada perdida que intentaba recapacitar sobre qué acababa de hacer, sobre qué demonios pretendía con aquella demostración de a saber qué... de quiebra, rebeldía, insatisfacción, utopía,... locura al fin y al cabo.
Antes de que pudiera avanzar en lo que debiera haber pensado ese joven en aquel vagón durante los últimos diez minutos, un torrente de pensamientos le colapsó los sentidos: ideas asesinadas por el olvido, comentarios secuestrados, bocetos de perfiles de cada uno de los integrantes de aquel vagón en base a sus disfraces, la naturaleza abstracta y única de esas miradas le hicieron ceder ante su intención de concentrar su mente en una sola cosa. Cosa concreta que no llegó a tiempo a su cabeza, que quedó renqueante, sumida en una sensación de fracaso, cansada ante la obviedad de la impertinencia propia de los egoístas que llevaban varios siglos predicando su dogma: "Homo homini lupus"(.doc). No le dio tiempo a discernir qué diferenciaba a un lobo de un hombre, ni a recordar la forma de una luna llena, desconectó de todo cuanto le era inteligible y anduvo con destino memorizado por los pasillos que habían pasado a ser tan propios como los de su propia casa tras haber recorrido una y mil veces sus corrientes. Como un recluso de sí mismo.
Salió de la estación, se dejó arrastrar por la marea de voces y motores hasta la entrada de la universidad, cruzó un pasillo de unos veinte metros de luz, empujó hacia abajo una manilla dorada ya acompasada a su pulso y entró en el aula por la puerta más alejada de la voz chirriante de la profesora de turno, aún con la cabeza gacha. No saludó a nadie. Se sentó solo al final de la clase con la sucia y prácticamente vacía bolsa de tela colgada aún del hombro. Se acomodó sin gestos abruptos, sólo miradas vacilantes hacia el exterior en busca de cualquier significado que pudiera transmitirle el movimiento de las hojas más allá de la crudeza del invierno. Aún no conseguía asimilar lo que acababa de hacer. Sólo era un idiota, y lo sabía.
Terminó la clase.
- ¿Otra vez llegando tarde?- le susurró una voz a sus espaldas -Si quieres luego te paso los apuntes, ¿tienes grupo para hacer el trabajo? Qué digo, si lo ha explicado antes de que llegaras,... ¿te apetecería hacerlo conmigo?
- Vale.
- ¡Vale!
Era la única mujer de clase con la que mantenía una relación cordial, de hecho era casi la única persona de clase con la que mantenía relación. Ése no era su sitio, y él lo sabía. Como también sabía que no tenía razones para hacer el trabajo con ella más que la obligatoriedad, previamente excusada, por parte de la profesora.
Era un solitario, uno de esos que siempre es bueno conocer para darse cuenta de que no todo el mundo es igual, una de esas personas que parecían inteligentes simplemente por no decir demasiadas estupideces, por hablar poco. Estaba casi plenamente seguro de que aquella joven, hasta cierto punto bonita, sentía una atracción especial hacia él, y más allá de la veracidad de sus sentimientos, era algo que lo amedrentaba. Pero tenía que aprobar ¿no?
-¿De qué tenemos que hacerlo?
- No sé, es tema libre, a mí me da igual, ¿quieres elegir tú el tema?
-¿Cuándo quedamos?- No se había detenido ni a pensar de qué asignatura estaban hablando.
-¿Mañana te viene bien?
- No sé.
...
lunes, 1 de marzo de 2010
Clima: ¿Qué nos queda? (III)
Una vez dicho lo anterior, ¿qué nos queda?
En realidad, la base de la contaminación no reside tanto en los recursos materiales, que también, sino en el alimento que nos ha permitido crecer tanto demográficamente en apenas 200 años, la energía.
Siempre podemos recoger las botellas de vidrio del suelo después de un incendio y replantarlo, el tiempo y las protectoras de animales autóctonos harán el resto; también
podemos coger las bolsas de plástico del mar a pesar de haber sido la condena de cientos de tortugas, que las confunden con las medusas. Aunque parezca que sólo nos acordamos de estos organismos marinos pelágicos cuando pican a nuestros hijos en las playas, es la consecuencia el acaparador del debate y no la causa: año tras año su población aumenta debido a la desaparición de sus pacientes depredadores.Sin embargo, los gases invernadero que genera la industria no son tan fáciles de recoger. En este caso, es la propia naturaleza la que se encarga de autorregularse, y es el fitoplancton, unos pequeños microorganismos invertebrados y vegetales, el "bosque marino" que absorbe la mayor parte del CO2 que cada fábrica de cada ciudad de cada país emite a la atmósfera; el problema es el ritmo.
Sin embargo, el descubrimiento en los años 90 por parte del oceanógrafo y capitán de barco, Charles Moore, de la "isla de plástico", de las 100.000.000 de toneladas de residuos plásticos acumulados en una superficie de 1.000.000 de m2, superior a dos veces el territorio de España, en el Pacífico, en el norte de las islas de Hawaii, debido a las corrientes marinas y se estima que pueda afectar "a unas 300 especies marinas, que incluyen el 86% de tortugas marinas, el 45% de las aves y el mismo porcentaje de mamífero marinos". Lo malo es que "se estima que el 70% de los desperdicios se hunden al fondo del océano, de modo que, de recuperarse, sólo podría ser lo que aún flota. Por otra parte, según explica Doug Woodring, es difícil atrapar la basura sin capturar criaturas marinas". Y lo peor es que esta gran masa de bolígrafos, cepillos de dientes, pajitas, bolsas de plástico,... productos 100% no biodegradables, se encuentra en aguas internacionales, por lo que ningún país quiere hacerse cargo de este problema que, tarde o temprano, terminará en nuestro plato...
Pero más allá de los problemas que sólo pueden solucionar los gobiernos, ¿cómo podemos ayudar al medio ambiente de una manera efectiva? Reciclar es una buena opción para ralentizar el proceso, pero no funcionará por sí sola. La principal opción en la mano de los ciudadanos es el ahorro energético: apagar las luces que no sean necesarias, utilizar bombillas de bajo consumo (invito a los gobiernos a subvencionarlas para reducir su precio), apagar la televisión desde el aparato (no dejar el pilotito rojo encendido), es más, no usar tanto la televisión; instalar placas solares en el hogar y, si no se puede, utilizar aparatos de captación de energía solar para cargar la batería del teléfono móvil... Hay mil opciones posibles y millones que aún no se le han ocurrido a nadie... A fin de cuentas, nuestra supervivencia dependerá siempre de lo mismo: el conocimiento, la humildad y, cómo no, la imaginación.
Alzheimer
La enfermedad del olvido
Sabía que llegaría tarde,
por eso su maldición rompió los relojes de la casa
y los enterró en el jardín,
así el perro no olería los segundos muertos,
así todos sospecharían de ella.
Ella se detuvo a descansar en un banco del parque,
no era condena el peso de los segundos
besando su nuca de porcelana;
nada se movía, todo se desplazaba,
no se entrecortaban las remadas de los patos
ni las ondas del lago se extinguían en las líneas del fondo,
no había veinticuatro fotogramas para todo,
era todo flujo. No pestañeaba.
Recuperó la infinidad robada por la muerte sentada en ese banco,
en ese mismo parque,
dejando que el crujir de las hojas convirtiera en oxígeno su sensación de desgracia,
su pasado que ya no era, su futuro que ya no sería,
su historia que se diluía gota a gota en un océano de ignorancias.
No se hacía tarde, el cielo palidecía;
el sol bajaba su temperatura y su sombra se hacía grande,
arrugada. Un gran ojo de fuego penetrando en la tierra,
devorado por las enormes fauces de dientes montañosos que debía de ser el horizonte.
Nunca más llegaría tarde.
El amenazante sigilo nocturno se encargó de invitarla a volver a casa;
cansada, somnolienta, arrastró la verja entre ladridos.
Su Toby, un perro cualquiera, aún con caricias atrapadas en la memoria
recorría nervioso el jardín de un lado a otro,
aleatorio;
fue entonces cuando, retozando entre sus piernas,
descubrió la extinción de la mirada de su compañera.
Un girasol sobresalía de entre los rosales y geranios cabizbajos,
enorme sobre tierra revuelta,
como un huracán de famélicos sonidos de palabras a medias,
tendiendo su fortaleza impenetrable a la luna extraña,
armado con agujas de reloj como dientes de plata.
Pronto comenzaría a comerse a soledades los árboles, la casa, las caras...
los nombres, los significados de su vida, a ella.
La suya
era la enfermedad de los recuerdos.
Nunca más vería el presente vivo ante el espejo,
no importaba ya la dirección de sus pasos,
las salidas quedaron huérfanas de destinos...
Nunca más llegaría pronto.
Nunca más volvería a sentirse esperada.
SpNt2005 - 19/2/2010
Sabía que llegaría tarde,
por eso su maldición rompió los relojes de la casa
y los enterró en el jardín,
así el perro no olería los segundos muertos,
así todos sospecharían de ella.
Ella se detuvo a descansar en un banco del parque,
no era condena el peso de los segundos
besando su nuca de porcelana;
nada se movía, todo se desplazaba,
no se entrecortaban las remadas de los patos
ni las ondas del lago se extinguían en las líneas del fondo,
no había veinticuatro fotogramas para todo,
era todo flujo. No pestañeaba.
Recuperó la infinidad robada por la muerte sentada en ese banco,
en ese mismo parque,
dejando que el crujir de las hojas convirtiera en oxígeno su sensación de desgracia,
su pasado que ya no era, su futuro que ya no sería,
su historia que se diluía gota a gota en un océano de ignorancias.
No se hacía tarde, el cielo palidecía;
el sol bajaba su temperatura y su sombra se hacía grande,
arrugada. Un gran ojo de fuego penetrando en la tierra,
devorado por las enormes fauces de dientes montañosos que debía de ser el horizonte.
Nunca más llegaría tarde.
El amenazante sigilo nocturno se encargó de invitarla a volver a casa;
cansada, somnolienta, arrastró la verja entre ladridos.
Su Toby, un perro cualquiera, aún con caricias atrapadas en la memoria
recorría nervioso el jardín de un lado a otro,
aleatorio;
fue entonces cuando, retozando entre sus piernas,
descubrió la extinción de la mirada de su compañera.
Un girasol sobresalía de entre los rosales y geranios cabizbajos,
enorme sobre tierra revuelta,
como un huracán de famélicos sonidos de palabras a medias,
tendiendo su fortaleza impenetrable a la luna extraña,
armado con agujas de reloj como dientes de plata.
Pronto comenzaría a comerse a soledades los árboles, la casa, las caras...
los nombres, los significados de su vida, a ella.
La suya
era la enfermedad de los recuerdos.
Nunca más vería el presente vivo ante el espejo,
no importaba ya la dirección de sus pasos,
las salidas quedaron huérfanas de destinos...
Nunca más llegaría pronto.
Nunca más volvería a sentirse esperada.
SpNt2005 - 19/2/2010
domingo, 28 de febrero de 2010
Clima: un conflicto individual (II)
¿Reciclas?
Se habla de "cambio climático", "desertización", "agotamiento de los recursos naturales", "sobreexplotación del medio", "efecto invernadero",... y de contenedores de varios colores para separar los residuos, ¿los utilizas? Quizás debería invitarte a hacerlo o pienses que soy un hipócrita si te digo que yo no lo hago... pero yo no lo hago a no ser que comparta hogar con alguien que lo haga. No es por propia convicción. Realmente no creo que sea una solución ni creo que esté realmente en las manos de los ciudadanos. Es más, creo que es el efecto a corto plazo más visible de una sociedad de consumo que empieza a renquear.
En teoría, la utopía que plantea el reciclaje de residuos es crear un ciclo de producción-reciclaje a gran escala, de forma que todo el material utilizado volviera a ser útil infinitas veces y, por extensión, que disminuya paulatinamente la extracción de recursos del medio natural. ¿Es esto posible? Lo más lapidariamente posible, mi opinión es que no. Para que esto fuera posible, la Hipótesis de los tres sectores de Jean Fourastié tendría que cumplirse. Pasaríamos de una "Civilización tradicional" en la que el sector primario representa el 70% de la producción total a una "Civilización terciaria", en la que apenas representara el 10% en favor de un 70% en la producción del sector terciario. El tiempo ha demostrado que esta hipótesis es falsa porque, claro está, ¿dónde iban a trabajar esos millones de
Porque ya está aquí la globalización. Todos deberíamos haber descubierto ya que, además de los desastres naturales, la economía, la política y un largo etcétera, también se han globalizado las pirámides de población. Para que haya países desarrollados debe haber países subdesarrollados desde el punto de vista ecónomico pero también demográfico. La relación entre pirámides de población y desarrollo de un país es obvia (.pdf), por tanto los países desarrollados tienen una pirámide de población regresiva (baja mortalidad infantil y natalidad, y esperanza de vida alta), al contrario que los países subdesarrollados, donde es progresiva (alta mortalidad infantil y escasa esperanza de vida). Si hiciésemos una suma de ambas pirámides, el resultado sería un aumento en todas las edades, que explicaría el rápido y desproporcionado aumento de la población humana; y da las claves para entender las migraciones desde los países subdesarrollados a los desarrollados: a más ricos, más pobres, sólo que ahora viajan en patera o en compañías de bajo coste.
Quizás debería reciclar pero lo que está claro es que no me sentiré mal conmigo mismo si no lo hago, dormiré bien incluso. Sinceramente, creo que todo esto es una venta de la creencia de pertenencia a una presunta ética global, que debiera estar encabezada por las empresas, o al menos liderada por los gobiernos; dirigida a las clases acomodadas, más que una representación de la voluntad de un pueblo, el humano, comprometido con su tierra. El tratamiento de desechos no es el problema, es el efecto que desencadena un consumismo suicida en el que los beneficios económicos (por arriba) y la propiedad (por abajo) parecen ser lo único ilimitado. Si se realizaran acciones coherentes frente a este gran monstruo al que nos enfrentamos: limitarse a lo materialmente necesario, muchos menos caprichos y regalos basados en el significado que desprecia el tamaño de los números; la utopía nos llevaría a deshechar esa palabra farsante, comercializada, estereotipada: reciclar.
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