sábado, 13 de febrero de 2010

Farsante

"Y tan farsantes como yo. Se burlan del viejo, de mí, de los treinta millones; no creen siquiera que esto sea o haya sido un astillero; soportan con buena educación que el viejo, yo, las carpetas, el edificio y el río les contemos historias de barcos que llegaron, de doscientos obreros trabajando, de asambleas de accionistas, de debentures y títulos que anduvieron, arriba y abajo, en las pizarras de la Bolsa. No creen, me doy cuenta, ni siquiera en lo que tocan y hacen, en los números de dinero, en los número de peso y tamaño. Pero trepan cada día la escalera de hierro y vienen a jugar a las siete horas de trabajo y sienten que el juego es más verdadero que las arañas, las goteras, las ratas, la esponja de las maderas podridas. Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real. Aceptarlo así -yo, que lo jugaba porque era juego-, es aceptar la locura."

Quédate

orilla mar, orilla, playa
Me detengo y respiro. Por fin. Una vez más ante este fondo blanco, solo. Solos.

Ahora es cuando el blanco me susurra algo que nadie más puede oír pero puedes leer; admítelo, estás esperando que te diga lo que quieres oir, si no... no estarías aquí. Disculpa, estás agotado... los días pasan como rayos y llevo una semana con los pelos de punta.

Siempre cuento lo mismo, cada hora en punto la misma pueril cantinela una y otra vez, expresada incansablemente a través de infinitas formas, con mil letras distintas bailando sobre un escenario siempre sordo, entonando el mismo mensaje asfixiado dentro de la misma botella a la misma deriva de siempre... Tengo miedo. Agacho la mirada hacia atrás y palpo un suelo aparentemente firme con azulejos sonrojados, con olor a bizcocho con el olor de mi abuela... tan intenso que algún día despegará, y no quiero que se vaya, quiero que se quede para contarme historias las noches en las que dejan de importar los horarios y los amaneceres, y sé que no puedo impedirlo. Tengo miedo a las partes tristes de mi biografía. Y sabemos que estás loco, sabemos que si aún no están todas en tu memoria es porque aún no has tenido tiempo de escribir, llorar sobre ti, será que vives en el pasado. Será demasiado tarde. Estaré llorando.

No es la primera vez que esto sucede, te sientes frágil y quiero que recuerdes de dónde vienes, que sobrevivas con ese suicida requisito mínimo tuyo... ser feliz... aún cuando conoces lo pesado de esa carga cuando las sonrisas están fuera de contexto. Pero no debes preocuparte por eso, tú sigue sonriendo, escuchando canciones tristes, con pianos y violines distantes... sigue soñando en la cama hasta tarde y despierto mientras te dejen. Yo te protejo. Sigues siendo su niño pequeño, en el fondo sigues siendo el mismo que el primer día de primaria se quedó sentado en la puerta del colegio esperando sentado a que volvieras, no dejes que nadie te haga olvidarlo y siéntete orgulloso de tu mirada perdida, curiosa, aunque se haya emborronado la cara de tu princesa y te cueste encontrarla, aunque cada amor se haya llevado una parte del significado de los besos, aunque sepas que cuando la encuentres tendrás aún más miedo a amar aquello que sabes que vas a perder.

La amarás con todo tu ser, aunque sabes que la perderás. Sabes que morirás con ella.

Pero, amigo, así es la vida, y vive, o me quedaré en blanco.
© Lo supe en cuanto te vi
Maira Gall