miércoles, 16 de marzo de 2011

Achinar los ojos ahorra energía

Columna de Opinión para el Taller de Periodismo Científico y Ambiental.

Hace falta energía. Es imposible imaginar la sociedad actual sin una bombilla encendida de forma prácticamente instantánea al dejar caer el dedo sobre el interruptor. Hace poco menos de 200 años, tras la invención del telégrafo, no se podía hablar de un uso generalizado de este flujo de electrones. Aún hoy hay un ser humano al que se le ilumina la cara, literalmente, cada vez que abre el frigorífico y, sin embargo, no sabe qué es exactamente un electrón. Y si no se enciende, “se ha gastado la bombilla”. Entonces bajamos, compramos una y ¡alehop! Como si no hubiera pasado nada.

La bombilla sigue ahí, el mismo tungsteno se enciende, calienta y emite luz una y otra vez; pero es difícil admitir que cada electrón que pasa por él es diferente al anterior. El viaje comienza en una fuente de energía; renovable o no, genere residuos o no, sea barata o no; manual o no,… recorre varios o centenas de kilómetros y, al instante, vence a la noche, o no.

A diferencia de las bombillas, la luz aún no se puede almacenar en las estanterías de cualquier ferretería (excepto la biomasa). Para ser eficientes, hay que producir la misma electricidad que se consume y (a expensas de la evolución en las investigaciones en torno a la fusión nuclear) el uranio es la única caja de Pandora capaz de mantener constante y estable la producción de energía. Sin duda, hoy por hoy, la energía nuclear es necesaria para abastecer a una industria. Seguir emitiendo dióxido de carbono a la atmósfera como propaganda barata no parece la mejor opción a largo plazo, y conectarse a Europa es el paso previo para considerar las energías renovables una opción seria que daría al traste con la escoba y un recogedor con decenas de miles de años de capacidad. O evitar la bajada nocturna para ahorrar lo que cuesta poner en marcha la jornada laboral después de las tostadas.

Sin embargo, amparada en “es necesario”, la población energética no termina de entender el concepto “ahorrar energía”. Cuando ahorramos bombillas, guardamos unas pocas para la época de vacas flacas, conscientes de que algún día llegarán y a sabiendas que el tungsteno no sale de los árboles... La cultura japonesa está de sobra preparada, educan a sus hijos para el día que la tierra tiemble y tarde o temprano, acaba temblando, más de lo que un puñado de televidentes puedan sentir desde el sofá. Si tenía que ocurrir, le ha tocado a la cultura con más capacidad de sobreponerse a la tragedia.

Ahorrar energía es, sencillamente, no consumirla. No convertirla en algo imprescindible para que resulte suficiente. Quizás, si esperáramos un par de segundos a que nuestras pupilas se adaptasen a la luminosidad del entorno no sería necesario encender una bombilla para apagarla segundos más tarde. Achinar los ojos ahorra energía, y lo saben bien en Japón: el mayor coste energético es siempre sobreponerse a estar obligados a volver a empezar, pero es la única forma de que siga habiendo interruptores.

Entrevista en La Voz de Almería (6-3-11)


FRANCISCO FERNÁNDEZ JIMÉNEZ / poeta ejidense con residencia en Madrid

Por Federico Utrera. (*)

Lo supe en cuanto te vi” es el primer libro del poeta ejidense Francisco Fernández Jiménez, que acaba de publicarse en formato digital en Bubok.es, la librería sólo disponible en internet. Su frescura y su clásica contemporaneidad hacen que Francisco Fernández Jiménez se estrene en el campo del Parnaso con una obra muy sólida y armoniosa, que hace que el deleite por la poesía pueda disfrutarse también en formato digital. Y quien mejor que su autor, el propio Francisco Fernández Jiménez, también bloguero (http://losupeencuantotevi.blogspot.com), para hablarnos de ella.

“Acabo de llegar a mi nuevo piso en Madrid. Allí estoy yo, solo, entrando con las maletas. La puerta continua a la de mi habitación se abre y de ella emerge una figura alargada y estrecha, coronada por una mata de pelos rizados: “Hola, soy Fran”. Ese fue mi primer contacto con lo que yo aún no sabía, uno de los mejores poetas que haya conocido y, además, uno de mis mejores amigos”. Esto lo escribe Miguel Pérez Mínguez en el prólogo a tu libro y me da pie a la primera pregunta. ¿De donde procede tu inquietud por la poesía?

La verdad es que escribo desde demasiado pequeño. La primera memoria que tengo delante de una poesía fue en Primaria, cuando aprendí qué era un soneto. Digamos que cuando vislumbré los márgenes del cuadro me atreví a dibujar dentro.

Después es como un puzzle: empiezas a jugar con los versos y al final va quedando un paisaje. Cuando me cansé de contar dedos, empecé con el verso libre... Con el tiempo, descubres que la vida te dará las razones para seguir haciéndolo.

El libro tiene cuatro categorías, capítulos o secciones... Y el primero de ellos se titula “Reflejos”...


Sí, ha sido muy difícil decidir cómo dividir el libro en partes. Esta quizá fue la primera incuestionable. Normalmente escribes sobre otras cosas, en esta parte es sobre mí, quizás no de una forma directa, pero sí de mi forma de relacionarme con el blanco de la página.
Y otro capítulo lo titulas “Naufragios”...

Ninguna de las cuatro categorías está cerrada por completo, aunque “Naufragios” sí está más claro que son poesías de un desamor enamorado. Son poesías que nacen y mueren a partir de cada una de las caras que ha tenido mi princesa hasta ahora.

En “Geometrías” escribes “Cerrar los ojos y no ver nada. Y que no recen. Y que continúen mi búsqueda: la conquista de sí mismos”.

El título de la poesía a la que pertenece el fragmento es “El día que muera”.

Considero la muerte como un punto, seguido o final. No me importa adónde vaya mi alma, espíritu o cualquier otra cosa que necesitemos creer, que sigue generando un debate infinito y que muy difícilmente podremos llegar a confirmar o negar.

La religión es necesaria para pensar en una gran comunidad, que se extiende más allá de los sentidos, pero la Ciencia y los mítines políticos la están dejando en un código ético y alguna que otra superstición con pocos argumentos realmente convincentes.
¿Con qué autores te has formado tu propia biblioteca de gustos y preferencias? Vemos a Rimbaud en uno de tus poemas y también a Antonio Machado o José Ángel Valente. ¿Es esto ya una declaración de intenciones o al menos una genealogía de admiraciones?

Está claro que si están es porque los he leído y los conozco. Por lo tanto, decir que no tienes ninguna referencia de ellos en tu obra sería...

Sospechoso...

... Sí, claro. Y hay más, José Hierro, Miguel Hernández, Pedro Salinas,...

Aún así, no es tanto una declaración de intenciones, sino compartir lo que he aprendido de ellos. Al principio sólo leía lo que yo mismo escribía (el germen de Reflejos), pero cuando empiezas a conocer a poetas por casualidad o a través de tus amigos (hubo que esperar a la universidad...), intentas hacer tuyo lo que no han dicho ya, que suele ser poco, y conocer tus posibilidades de ritmo.

Es como que aprende otras canciones para tocar un instrumento, aunque tengo que reconocer una mala memoria para los versos...

¿Qué te ha seducido más de José Ángel Valente o qué te ha llamado más la atención? ¿Por qué su inclusión en el libro?

Me parece magistral su capacidad de mostrar tanto con tan poco. Es concreto en la forma y abierto en el mensaje. De él he aprendido que la simbología puede no ser algo dependiente de la psicología del autor, como pasa con Lorca o Machado; puede establecerse con los elementos propios y exclusivos de un poema. Se pueden crear símbolos desde la palabra, no sólo desde la experiencia.

De la poesía esencial de Valente a fijarse en que “el aburrimiento es algo exclusivo de los sordos. Se aburre aquel que no sabe escuchar”. Con esta cita encabezas tu poema “El resto de la división del tiempo siempre es cero” y es toda una declaración de principios en este mundo de ruidos y locuacidades extremas en el que estamos inmersos ahora. ¿En qué sentido lo abordas tú?

“El aburrimiento es algo exclusivo de los sordos. Se aburre aquel que no sabe escuchar, aquel que no encuentra los matices de su propia voz en el silencio, aquel que cree que su pensamiento no tiene nada interesante que susurrarle, que su no ruido es incapaz de hacerle temblar.”

He leído también en tus poemas un gusto por la pintura y por el teatro, con “Un actor a la búsqueda de su encuentro” o con “Color de los ojos de un actor detrás del telón a pocos segundos de la inauguración de una posible obra maestra”. Y también en este texto: “Soy un pintor que pinta con agua, que no sabe si su arte traspasará el interior de la tela, si la belleza abrirá algún día las ventanas de su casa. Un músico sordo, un escultor ciego. Soy una cadena de palabras, la triste y solitaria ilusión de ver mi esencia en la trastienda de esta silente danza de letras”. Pero quería saber tus gustos en pintura y teatro.

En general, soy más de obras que de autores, pero algunos nombres importantes son Salvador Dalí, Van Gogh, Goya, Velázquez,... El Prado entero...

Lo del teatro viene de una cuestión casi de azar, llevo dos años residiendo en Madrid y he tenido la posibilidad de vivir con cuatro compañeros de piso que están estudiando o se dedican profesionalmente a ello.

Si tuviera que citar tres obras o autores que me gustan mencionaría al director italiano Romeo Castelucci, Ángela Lidell y Pilobolus.

En general me interesa todo lo visual: el cine, la fotografía... Estoy estudiando Comunicación Audiovisual, he rodado algunos cortos y soy consciente —y me lo han dicho— de que mi poesía es muy visual.

La fotografía en Almería es uno de las artes más cultivadas gracias a la luz blanca tan característica y diferente de la luz negra del norte o la luz amarilla de otras latitudes. ¿Con quien te quedas aquí?

Rubén García, el diseñador la portada y uno de mis mejores amigos. A parte de él y un par de amigos más no conozco fotógrafos almerienses... A nivel nacional, Chema Madoz es poesía pura.

Entre Almería y Madrid ¿qué admiras y detestas de cada una de estas ciudades?

El libro lo ilustra bastante bien.

Madrid es grande, tiene de todo, pero nada es gratis. El Ejido tiene todo lo necesario para pasar una buena infancia y adolescencia, pero a partir de cierta edad se queda pequeño, sobre todo si quieres seguir estudiando.

De todas formas, mi forma de vida actual es poco objetiva. En Madrid soy universitario (considerada por muchos la mejor etapa de la vida, con razón) y en El Ejido sólo estoy de vacaciones... lo más concreto que puedo decir es que el aire de El Ejido huele a mi casa y Madrid a polvo.