domingo, 26 de diciembre de 2010

Pinocho

Protege con la mano su sonrisa hasta el postre. Delicioso. Mousse de chocolate con dos cucharillas. La textura se acomoda en el paladar fácilmente, no llega a empalagar, transpira. El siguiente paso antes de la improvisación viene marcado por el protocolo social: pagar.

Decide adelantarse y pone el precio de su cena sobre una bandejita de plata que bien podría pasar por cenicero, apoyada sobre la barra. Falta algo menos de la mitad. La mira. Ella no dice nada y busca en su monedero circunferencias concéntricas. Él la espera apoyado sobre la mirada del camarero, rogando paciencia.

Mientras ella aparta los billetes, él recuerda que no tiene demasiado dinero y que ella lo sabe. Se ha prometido ser sincero consigo mismo, admitir las consecuencias de su vida como superviviente. El cuerpo le envía señales: "espero que no se haya molestado por no ofrecerme a invitarla", le pregunta la polla a su cerebro. Por si acaso, razona una posible respuesta en caso de conflicto.

- Espero que no me dejaras invitarte...

Suena interesado. No poner el dinero sobre la mesa, arriesgar, esperar hasta tener delante, mirar directamente a los ojos, a un "demasiado tarde". Pero no nos debemos más que el derecho a estar tranquilos, con una duda iluminando un barco en el interior de una ballena y sin intenciones de soplar. Me niego a dejarme querer de otra forma.

Ella pone lo que falta, y un poquito más.

Piratería editorial

¿Por qué mi libro se puede descargar gratis?:

"En el siglo XIX, Alemania experimentó una explosión cultural. Únicamente en 1843 se publicaron 14.000 nuevos títulos, frente a los apenas 1.000 que aparecieron en Inglaterra. Aquellos analfabetos gañanes teutones se estaban instruyendo a pasos agigantados y, hacia 1900, Alemania se había convertido en una potencia industrial. ¿Qué hizo posible el salto?

La piratería editorial entre otros elementos, sostiene el historiador Eckhard Höffner. La ley de propiedad intelectual que el Reino Unido introdujo en 1710 entorpeció la transmisión de conocimiento. Los editores británicos se hicieron de oro gracias a ella. La tirada de una obra científica rara vez rebasaba los 750 ejemplares, pero cada uno de ellos se vendía por el equivalente al salario semanal de un trabajador cualificado. Los libros constituían un lujo al alcance de la nobleza y la alta burguesía. En las pocas bibliotecas que existían, los volúmenes se tenían que encadenar a las estanterías.

Los editores germanos llevaban una existencia menos muelle. Los plagios eran habituales, porque ninguna ley regulaba la copia y difusión de manuscritos, pero se las arreglaron para sobrevivir. Diversificaron su oferta, preparando tiradas breves y suntuosamente encuadernadas para la clientela más acomodada, y versiones de inferior calidad para la población general (el antecedente del actual libro de bolsillo). Esto dio lugar a un mercado más dinámico, que facilitó la difusión cultural.

Mientras en Inglaterra la propagación de las novedades académicas seguía sujeta a la oralidad propia de la Edad Media, en Alemania cualquier persona culta podía acceder al último hallazgo científico. Höffner cita el caso de Segismundo Hermbstädt, un químico de tercera fila que ganó más con sus Principios para el curtido del cuero que Mary Shelley con su novela Frankenstein."

Extraído de ¿A quién perjudica la piratería?

(Artículo completo en la página 16)

Act Economica Exp 22-09-10
(Gracias Carlos)

Véase también: Copyright and structure of authors’ earnings

Con una comparativa más detallada entre la legislación sobre propiedad intelectual y venta de libros en Gran Bretaña y Alemania.
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Maira Gall