jueves, 24 de julio de 2014

00:00


Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica. Empiezo a odiarlos, a pesar y consciente de que vivimos a tiempos dictados por el mismo reloj.

En su terca fantasía de pasar indelebles por el tiempo, se empeñan. Se empecinan discutiendo y defendiendo bravamente sus dos y media, sus tres menos cuarto... A este lado de los ojos, son las menos diez. Siempre fueron las menos diez, y las menos nueve vendrán seguidas de las menos ocho. Así hasta las 00:00, nada que ver con las doce.

martes, 22 de julio de 2014

Migración


La gran migración

No me gusta esa casa.
Hace un tiempo dejó de existir,
sin embargo sigue ahí delante.

Alguien ha tapado con pintura fresca
las escamas despegadas por el sol
y rellenado los huecos del viento
en la madera crujiente. El tejado
pesa más cada más mordiscos
traen los días a la desaparición.

Mucho antes me gustaba.
Pulsar el timbre y correr perseguido
de esa extraña satisfacción. Conocerte.
Jugar a jugar y no pensar si no en

verte.

Vernos más tarde.

Ahora la odio casi tanto, ojalá existiese.
Hace un tiempo que no existe la casa
ni nuestro mundo. Existe la memoria
que devuelve pasos entre gigantes,
caricias y antes rubores con remite.
La edad nos crece y fuimos
poco más que juguetes
aprendiendo a repararse.

El amor se va
sin despedirse.
Y si lo hace, indebidamente.

Queda su rastro para siempre
acartonado en el jardín:
“Se vende”.





SpNt2005 – 18/6/2014

viernes, 4 de julio de 2014

Paginado


La historia del final

No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele
cerrar cualquier libro por su verdad final.
Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia,
el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par.
A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
La estantería está infectada de libros a medias,
de obras pactadas archicompletas o inacabadas, lluviosas
cualquier día válido para saber esperar. El mundo
necesita menos marcapáginas que dividan las horas,
necesita perderle el miedo a doblar la esquina que lo merezca,
ir a pescar peces imposibles, amar también a sangre fría.
¿Sigues ahí Platero? Por favor, que la luna no te desinfle de ceniza.
Ni se te ocurra, Lazarillo travieso, lavar el estómago de Quimera.
No me mires el culo mientras salimos del averno, Eurídice,
no avives la duda con silencios de caverna. Canta nuestra canción,
reminiscencias del paladar, del son de mar, del mundo de Sofía.
No preguntes cómo acaba esta historia. Saborea todas las recetas
del amor, los mejores argumentos del cuerpo para el sexo
y otros tantos manuales sobre cómo se deben hacer las cosas
sin importar el idioma. Comienza el mapa desde donde estás,
nombra una por una las ciudades plagadas, cuenta los pasos del río
sobre el agua, colorea los centímetros de las montañas.
Nombra la pequeñez transparente y la estrella muerta
que atraviesan indemnes la oscuridad.
Esta historia no tiene por qué acabar. Quedarán mil noches
después de una, si la primera no es letal. Si de verdad me amas,
no tiene por qué acabar. Aprendí magia para volar sin volar.
Pero abandonaron al coronel entre mágicas moscas triangulares.
Pero nunca atraca el barco a la vez en todos los ángulos de la verdad,
pero han cerrado el astillero de las horas inútiles, de las manos vacías;
pero los días son excusas en un turbio páramo de fantasmas irreconocibles.
Pero hace calor, calor de pegamento en este desierto inagotable.
Niebla, estate tranquila, no estoy dispuesto a matar a nadie que no sea mi sombra.
Tampoco conmigo es el final. No me dan miedo los molinos,
más gigante es Dulcinea cuanto más lejos está. Nadie nos espera
con los brazos abiertos; siquiera la ambición de Sancho,
cansado sin comer y de andar. Sólo te prometo esta historia,
la pienso terminar. Antes de que cualquier gran hermano
arranque del fondo la memoria desde su mirada y voluntad.
Pronto perderé el rastro de la esperanza. Tarde o temprano volveré a embarcar,
quién sabe bajo qué odio antiguo o nombre nuevo brotará el viento solar.
Se acerca el desencuentro y no hago más que imaginar.
La historia del final es tan mía que no se va a escapar.
No me mires el culo. Yo escojo mi hogar inalienable
por encima de cualquier interpretación de libertad.
Yo soy mi única Constitución aprobada democráticamente,
un iluso descendiente de la Declaración Universal.
Ella, la estrella polar, mi Principita, quiero pensar.

¿Sigues ahí, Platero?




SpNt2005 - 10-5-2014