viernes, 24 de septiembre de 2010

Hambre

Sin haber sufrido una experiencia similar, difícilmente se imaginarán el destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento. Tampoco se formarán una idea cabal del suplicio que produce cavar una trinchera con la atención concentrada en el sonido de la sirena que anuncia las nueve y media o las diez de la mañana —la media hora de descanso para almorzar— en espera del reparto del pan (si lo había); y en esa espera preguntarle una y otra vez al guardían la hora —si no era un tipo excesivamente desagradable—. A continuación, tocar después con mimo un trozo de pan guardado en el bolsillo, acariciarlo con los dedos helados, sin guantes; partir después unas migajas y llevarlas a la boca con fruición. Y, con un supremo esfuerzo de voluntad, guardarse el resto otra vez en el bolsillo, con el decidido afán de conservarlo hasta el mediodía.

Solíamos mantener discusiones inacabables sobre lo razonable o irrazonable de los distintos métodos empleados para conservar la ración diaria de pan, que en la época final de nuestro confinamiento sólo se entregaba una vez al día. Predominaban dos enfoques de la cuestión. El primero era partidario de comerse la ración de pan inmediatamente. Aducían un doble motivo: aliviar los dolorosos retortijones del hambre durante un cierto tiempo, al menos una vez al día; y evitar también los posibles robos o extravíos de la ración. El segundo enfoque, fundado en diversos argumentos, prefería los beneficios de dividir la porción en varios trozos. Yo me alisté en este segundo grupo. Tenía sus ventajas:

El despertar era, con mucho, el momento más terrible de las veinticuatro horas de la vida en un campo de concentración. Todavía de noche, los tres agudos silbidos de la sirena nos arrancaban sin piedad del dormir exhausto y de las añoranzas y evasiones de nuestros sueños. Empezaba entonces la pelea por meter los pies, llagados e hinchados por el edema, en nuestros zapatos mojados. A esta primera batalla seguían los refunfuños y quejidos de los incontables inconvenientes habituales; como, por ejemplo, la ruptura del alambre que reemplazaba a los cordones de los zapatos. Una mañana escuché a un camarada —persona valiente y digna— llorar desconsolado como un crío porque sus zapatos habían encogido demasiado y ya no le entraban en los pies y, por lo tanto, debería caminar descalzo sobre la nieve. En esos fatídicos minutos yo gozaba del menudo alivio de mordisquear, con inmenso deleite, el trozo de pan guardado desde el día anterior en el bolsillo de mi abrigo.

Viktor Frankl

Extraído de El hombre en busca de sentido.

Este libro ha sido declarado por la Library of Congress en Washington como uno de los diez libros de mayor influencia en América.
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Maira Gall