Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de diciembre de 2010

Ignominia

Había sido una semana dura. Había faltado a una porción de sus responsabilidades con una convincente argumentación en torno a lo que él consideraba descanso. Aún así, había cumplido con su norma autoimpuesta en torno a la representación de la profesionalidad. Había rodeado hasta llegar al centro. Había encontrado soluciones y las había aplicado en numerosos escenarios. Tenía razones para sentirse orgulloso de aquellos gramos de tiempo tan bien repartidos.

Le llevaban a un futuro incierto, se probaba lugares cada vez que entraba a escena, y los reducía a ceniza espolvoreada sobre la pantalla. Él creía que eso estaba bien, que no le importaba pasar el resto de su vida deshollinando una chimenea efervescente o coordinando un aumento curricular. Si conseguía obtener eso, quizás, pensaba él, obtendría una fuente de ingresos lo suficientemente estable para cumplir su sueño, trabajando con buenos amigos. Pero estaba equivocado.

Un reducto de su infancia le hacía involucrar a personas para encontrar en la felicidad ajena su propia razón de ser, pero sabía que el compromiso de su tiempo era un ancla en una de las posibilidades. Se avecinaba la tormenta de los 22, 23, 24,... pero aún desconocía por qué su brújula no marcaba un punto fijo hacia el amor. Nadie le había prometido entonces que todo cambiaría, y el suceder de los acontecimientos que se le escaparían a sus posibilidades no formaba parte de su ilusión.

Todo esto él aún no lo sabe. Nadie se lo ha dicho porque no se ha atrevido a preguntarlo, porque sabe que no encuentra palabras, y le duele. No soporta la quietud. Por eso el mensaje: "la inquietud es el arte de encontrar los problemas que pueden solucionarte la vida". Por eso explorador.

sábado, 14 de agosto de 2010

Sensaciones

Esta es una historia que escribió mi primo Germán. El mejor narrador de la familia.

Su blog: Humor difícil


Lo siento


La gabardina, los puros, el güisqui de malta, todo eso era inevitable. Para mí, venían con el puesto. La mala leche y mi incapacidad para relacionarme con nadie no, eso lo traía de serie. Yo siempre he sido aficionado a las malas novelas de serie negra. Me encantan los tópicos, los tipos duros de mente afilada y gatillo rápido. Los casos fáciles de resolver, tan difíciles de encontrar en la vida real. Por eso cuando ascendí a Detective no pude evitar empezar a jugar, a interpretar mi vida como si estuviera en una de esas novelas. A nadie le importó: yo había sido siempre un gilipollas. El mejor gilipollas del departamento, eso sí. Así que establecimos un acuerdo tácito: ellos me dejaban ser un gilipollas y yo seguía resolviéndoles los casos más difíciles.

Mi faceta de imbécil insoportable no la cuelgo con la gabardina al llegar de la comisaría. Eso explica que no haya pasado de más de dos asaltos con ninguna tía desde hace casi veinte años. Últimamente, hasta las putas han empezado a rehuirme. Así que cuando descubrí en una teletienda de madrugada el supuestamente maravilloso SenseSuit, gran éxito de ventas en Japón, no lo dudé un instante y encargué uno. Por llamar inmediatamente recibí en solo quince días un completo kit: el traje de tejido sensoactivo, el cable de conexión USB, un antifaz de descanso y el paquete extendido de sensaciones pregrabadas (el que incluye la colección de sensaciones eróticas, si no ¿qué sentido tendría?). Menudo invento el trajecito. Viene a ser como un traje de submarinista solo que mucho más adaptable al físico humano, cubriendo bien todos los apéndices, al detalle, no sé si me explico. Mediante impulsos eléctricos, reproduce sobre la piel las distintas sensaciones programadas. Lo enchufas al ordenador, seleccionas la sensación que quieres que reproduzca y ahí lo tienes.

A pesar de lo que pueda parecer, no soy especialmente receptivo a la sugestión publicitaria. Aun así, no sé si sería por la cantidad de tiempo que llevaba sin recibir una caricia, pero la verdad es que la sensación me pareció absolutamente real. Y después de la caricia venían mil sensaciones más. Podía pasar horas enteras sintiendo como el calor del sol y la brisa marina acariciaban mi cuerpo suspendido plácidamente en una hamaca. O dormir sintiendo el calor de alguien a mi lado, alguien que incluso me echaba una pierna o un brazo por encima. Sentí mi primer abrazo sincero en treinta y cinco años gracias al puñetero traje. Y el sexo. El sexo era lo más conseguido. Reproducía texturas, pesos, roces, posturas. El hijo de puta al que se le hubiese ocurrido inventar este aparato se merecía acabar sus días en un chalet acojonante y rodeado de las mejores putas que se pudiera pagar con mi dinero y el de tantos desgraciados como yo que hubieran comprado un SenseSuit.

Luego llegó el escándalo. Algún capullo intentó hacer algo que no debiera con el puto traje y murió electrocutado. Su mujer demandó a la compañía, mucha más gente se subió al carro y la SenseSuit Inc. acabó en la bancarrota. Yo ya sabía que aquel era un producto para fracasados. Lo anunciaban justo después que un alargador de pene y antes que un frasco de semen de ganso que adelgaza. Yo ya tenía asumido mi fracaso, pero entonces me jodieron la vida sin haberme metido con nadie.

Mi traje funcionaba a la perfección, y el día que quisiera probar algo nuevo podía meter la polla en un enchufe. Rápido, limpio y sin molestar a nadie. Los medios de comunicación acabaron convirtiendo en apestados a quienes usasen el SenseSuit. La presión fue tan fuerte que se prohibió el traje y, en consecuencia, también se dejaron de comercializar expansiones y las tiendas especializadas se reconvirtieron. Mi favorita ahora se dedica a la importación de implantes capilares taiwaneses, hay que joderse.

Por suerte nos quedaba Internet. Internet, antes de que la gente descubriese que servía para ganar dinero haciendo públicas sus vergüenzas, era un sitio maravilloso. Lleno de porno. Todo el porno del mundo estaba allí. Y de todo. Si algo existía, en Internet encontrarías porno sobre ello. Sí, también había cosas ilegales, pero para eso estaba la policía. Ya nos ocupábamos nosotros. Además del porno, existían millones de colgados dispuestos a perder su tiempo proveyendo a la Red de las utilidades más estúpidas. En cuanto el banco subastó la tecnología de SenseSuit Inc. para cobrar su deuda, aparecieron cientos de tipos dispuestos a pagar lo que fuera para poder personalizar sus trajes con las sensaciones más estúpidas. Y compartirlas con el resto del mundo. Gratis.

Gracias a eso, uno de los secretos industriales mejor guardados tardó horas en acabar en la Wikipedia. El sistema de captación de sensaciones era como un escáner cerebral, avanzadísimo, con sus electrodos y eso, que recogía los patrones de actividad neurológica durante la captación de las sensaciones. Así que alguien había estado tumbado varias horas en la nieve solo para que yo pudiera disfrutar del frescor alpino en mi cuarto lleno de ropa sucia. Alguien había recibido masajes de distinta intensidad. Incluso las mejores mamadas de mi vida se las habían hecho antes a otra persona. Esa parte no me disgustó, de hecho explicaba lo bien que habían conseguido cogerle el puntillo.

Pronto empezó a haber comunidades cibernéticas de intercambio de sensaciones. Era difícil entrar, era muy importante conservar el absoluto anonimato. No era solo la cuestión legal. Ni siquiera en Internet, rodeados de iguales, nos atrevíamos a confesar lo miserables que eran nuestras vidas. Fueron apareciendo todo tipo de sensaciones estúpidas que la SenseSuit Inc. jamás habría comercializado. A veces los expertos en marketing son los tíos más idiotas del mundo: nunca se les ocurrió que la gente se volvería loca por sensaciones como recibir una pedorreta en la tripa o el cosquilleo de una pluma en la planta de los pies. O a lo mejor a la gente le gustaba porque era gratis. A saber, la gente tampoco es muy lista. Con lo de las adaptaciones caseras, no tardaron en aprovecharse los gamberretes de turno. Subían patrones que supuestamente serían una palmada en la espalda o un adorable gatito frotándose contra tu pantorrilla, pero una vez instalados y ejecutados las sensaciones que recibías eran pellizcos en los huevos o patadas en el culo. Después de los gifs animados en foros de epilépticos, éste fue el segundo ataque hacker de la historia que consiguió dañar a personas en vez de ordenadores.

Eso no eran más que chiquilladas. La verdad es que casi disfrutaba más con estas sensaciones estúpidas. Incluso las sensaciones porno (¿debería llamarlas sexuales?) amateur eran mejores. Así volví a alcanzar una cierta normalización de esta afición. Mi gran ventaja era que a nadie del departamento le importaba una mierda mi vida fuera del trabajo, así que mi única preocupación era que nadie se enterase de que yo era uno de esos depravados de los trajecitos, como les (nos) llamaba el Capitán.

Hasta el día en que me topé con la primera colección de patrones subida por un usuario relativamente nuevo en nuestro foro habitual, un usuario con un nick tan ocurrente como mojar las galletas en la leche: sKing. Una combinación perfecta entre las palabras en inglés skin (piel) y King (rey). En condiciones normales habría activado la opción de “Ignorar usuario”, pero su presentación parecía escrita por una persona normal, sin faltas de ortografía, sin apócopes inopinados, educada incluso... y además usaba como avatar una foto de un gatito jugando con un ovillo de lana. Así que decidí darle una oportunidad. Después de las colecciones de sensaciones sexuales, lo que más me gusta sentir son los gatos jugueteando por encima de mi cuerpo. Sí, ya sé que a un gato no le importaría lo cabrón que yo sea y que podría tener uno de verdad. Pero nunca me lo había planteado y, una vez descubierto esto, era mucho más cómodo que tener a un bicho que se cagara en cualquier rincón de la casa. Para eso ya me sobro yo.

La colección de sKing era muy extraña. El paquete contenía unos veinticinco patrones de sensaciones sin nombre, solo números. Con las primeras ya noté que iba un poco más allá que la mayoría de los usuarios. La número 2 era una gota de agua que caía constantemente sobre mi cabeza. La número 5 era la llama de una vela que se acerca a la piel, sin llegar a quemarla, recorriendo todo el cuerpo. Era muy extraño, pero en cierto modo me gustaba. Conforme iba probando los patrones, cada vez me costaba más descubrir qué sensación estaba recibiendo. Algunas eran completamente imposibles, extrañas, desasosegantes.

Estaba a punto de desconectar el traje cuando llegó. La sensación número 16 sí pude reconocerla. Una punzada hirviente en el estómago que me hizo retorcerme de dolor. Un disparo a bocajarro, recibido a muy corta distancia. Solo me han disparado una vez. Fue un mierda de atracador de bancos, novato, que se cagó y me alcanzó una pierna. Pero reconocí la sensación. Mientras caía al suelo por el dolor, que duró unos segundos más de lo necesario solo pude pensar en que aquél cabrón había disparado a alguien de verdad para grabar la sensación. Paré el reproductor. Notando como me corría el sudor por debajo del traje, me serví un güisqui y me lo bebí de un trago. Pensaba qué hacer. No podía llevar el caso oficialmente sin ponerme en evidencia. Decidí terminar de reproducir la colección de sKing, tomar buena nota de qué podía haber hecho, encontrarle y hacerle pagar de alguna forma. Si no conseguía pensar en una buena estrategia para llevarle ante la ley, estaba dispuesto a aplicársela yo mismo. La ira me cegaba. Me tomé otro güisqui y volví a reproducir la sensación 16 y aguanté. Y la 17. Y la 18 y tuve que salir corriendo al baño a vomitar. Reproduje la 19 y me quité el traje llorando.

Me conecté al foro y voté su aportación con la puntuación más alta, un 5. Esa noche no pude dormir. Repasé lo que sabía sobre la tecnología SenseSuit. Había probado algunas simulaciones electrónicas de sensaciones. Patrones artificiales creados con una especie de sintentizador, programados. Incluso las mejores no tenían nada que hacer comparadas con las sensaciones grabadas directamente de personas. No cabía duda: aquello que había sentido lo había sentido una persona. Y si esa persona fuese sKing, no estaría vivo para colgarlo en Internet. Puto psicópata.

Al día siguiente en cuanto llegué del trabajo me conecté al foro. Allí estaba, un nuevo paquete. El muy mamón había desactivado los comentarios y nadie podía dejar mensajes sobre sus aportaciones. Pero el número de descargas era bastante elevado. Parece que a la gente le estaba gustando. O les enviaban el enlace a sus amigos como una broma macabra. La puntuación recibida por el resto de usuarios le daba una media de 4,8, sobre 5. La gente está enferma. Descargué la segunda colección de patrones y empecé a reproducirlos. Hoy no me iba a pillar desprevenido, tenía que ser fuerte. Las nuevas sensaciones estaban numeradas a partir del 26... pero no pude aguantar más allá de la 34.

No tenía absolutamente nada para pillar a ese asesino. Porque lo sabía a ciencia cierta: sKing había matado a alguien para grabar sus patrones cerebrales. Quizá a varias personas, a juzgar por lo que había podido sentir. Volví a sus primeros patrones. Los reproduje una y otra vez, completamente concentrado en sentir todo lo que pudiese. No sabía qué podía encontrar, pero dicen que la piel es el órgano más sensible del cuerpo, así que intenté enfocar toda mi consciencia en mi piel. No conseguí encontrar nada nuevo. Esta vez sí que conseguí reproducir la serie entera. sKing no volvió a aparecer por el foro. Pero yo aún tenía sus patrones. En los días siguientes conseguí resistir cada vez más. El dolor ya no me importaba. Sabía cuando aparecería, por donde atacaría, y estaba preparado. Solo quería sentir una y otra vez aquella interminable lista de sensaciones sin acto, sin nombre, intentando encontrar alguna pista que me llevase hasta él. Así, sintiendo una y otra vez el dolor de los disparos, de los mordiscos, de los desmembramientos, alcancé a descubrir una pauta. Las sensaciones dolorosas y las que eran meramente inquietantes se sucedían. Se relacionaban. Había una historia detrás de todo aquello.

Y yo estaba aprendiendo a leer. Eran letras que no significaban nada evidente para mí. Solo sensaciones. Sensaciones con las que me iba familiarizando. Había una lógica interna en aquello. En realidad aquello no hacía más que entorpecer mi labor. Cada vez me costaba más enfocar mis sesiones en la búsqueda de alguna pista que me dijese, no sé, dónde podían haber sido grabados los patrones, o cuánta gente manipulaba a las víctimas. Pero era imposible. La secuencia cada vez me era más familiar, cada vez me acostumbraba más a ella. Poco a poco, la pauta se hacía más evidente en cada sesión. Era el equivalente para el tacto de escuchar una sinfonía, ver un cuadro o degustar un buen vino.

Por eso el día en que me enteré de que los compañeros de Homicidios habían detenido a alguien a quien acusaban de una serie de crímenes que perfectamente podrían corresponder con aquellas sensaciones que yo estaba empezando a entender no pude evitarlo y fui a verle.

“¿Puedo llamarle sKing? Para mí usted no es solo esa mente perturbada que hemos metido en prisión. Tengo que decírselo, señor sKing, es usted un artista, un verdadero artista. Tengo que darle las gracias, ha creado usted una obra irrepetible. Sí, soy sincero, no bromeo con esto, ni tengo por qué hacerle la pelota, en unas semanas estará usted frito en la silla. No, no puedo hacer nada por ayudarle, no tengo ningún poder. Lo siento mucho.”

Fui completamente sincero. Lo siento.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Hermanos

camion oxidado, camion viejo, camion

El rotor tiembla de frío debajo del capó del camión, que carraspea sin cesar como intentando despejarse el tubo de escape, desgastado; está un poco descolgado y después de cada bache deja su marca sobre el camino de tierra. Es un camión viejo.

Papá me lo regaló al cumplir los 18 años, dos días antes de morir en un accidente de tráfico. La modesta moto quedó literalmente destrozada a los pies de un árbol no demasiado joven, de apenas 40 años; pero al contrario que los hombres, los árboles acumulan su fuerza con el paso de los años, es ése el coste de su patria inamovible (justo lo que hay entre y debajo de sus raíces).
A menudo creo que este camión eran las raíces de mi padre. Cada mañana, de la misma manera en que esta misma estoy cargando su lomo de sacos de trigo y cebada (las ideas de las raíces); lo hacía mi padre, también con las manos agrietadas por el frío e indolentes al compás de la risa pícara y a la vez cómplice que sale del férreo rictus del respiradero del camión, cada mañana de su vida. Son las raíces de mi padre. Mi padre no escribió nada, nunca aprendió a leer ni a escribir; en sus ratos libres hacía cestos, felpudos, zapatillas,... todo a mano. Sus dedos delgados acabaron pareciéndose al esparto como el espejo termina pareciéndose a uno de dejar de mirarse. Cuando murió apenas quedaron palabras suyas, sólo movimientos.

Un día más, en mi percepción del mundo como una inmensidad de varios horizontes (no he salido jamás de mi país) creo que el camión aún lo añora entre estertores metálicos, incluso creo que habría deseado enfrentarse a ese árbol al borde de la carretera 203, la carretera donde lindan dos idiomas adversos con igual clima. Era su primer viaje mitad huida, mitad encuentro consigo mismo. Murió en el centro.

Sé que aún llora su viejo camión como lloro yo. Su ausencia, la impotencia de óxido y algunos tornillos flojos por el abandono de mi padre le han otorgado de un carácter terco y bravucón, pero sigue siendo delicado y tierno en su mecanismo... La inexistencia de una mísera carta de despedida ha dejado un reguero de vacío inmaterial en nosotros difícil de dislumbrar en medio del camino, estamos perdidos justo encima de su sombra. Somos dos raíces incapaces de palpar la esperanza sobre un recuerdo que emerge de la tierra a cada paso.

Aún lloramos su pérdida, juntos como hermanos.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Saturno



Saturno había relamido la tarde hasta dejarla sin color.

Ops le había ocultado la existencia de su descendiente y debía encontrarlo si es que deseaba perpetuar su reinado. Después de apagar el cielo, encendió los focos del universo y los cargó de reojos. Inició su búsqueda.

Júpiter, desorientado, buscaba por todas partes un escondite alejado del reino de su padre, dios del cielo y de la tierra. Buscó pues en la luz y en las sombras, en lo inhabitado, y esperó bajo la protección de su madre evadir la ira de su padre hasta desarrollar sus poderes.
Saturno arrasó bosques, destruyó ciudades y removió los mares como nunca se había hecho hasta entonces. Pocos quedaron para ver su odio y desesperación en contra de la vida.
Saturno, que se enfrentó anteriormente a su padre, de cuyos testículos, al caer al mar, nació Afrodita; debía enfrentarse a su destino de manera inevitable... ¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde, su hijo había crecido y pronto dispondría de la ayuda de los Titanes para derrocarlo. ¡El destino estaba sucediendo tal y como lo pronosticaron sus padres, Urano y Gaia!

Cómo evadirlo, se preguntaba Saturno, aún con la piedra que Ops le dió en lugar de su verdadero vástago revolviéndole el estómago. Era demasiado tarde. Júpiter entró en la sala acompañado por grandes monstruos y se enfrentó a él. Abrió la boca de Saturno y uno a uno rescató a sus hermanos de las vísceras de su padre, que quedó desterrado al mundo de los mortales.

Lo curioso es que tras su destierro en Lacio (Italia), en el mundo mortal dio comienzo la edad dorada. Los pobladores de Lacio durante el gobierno de Saturno vivieron una vida cómoda, sin injusticia, regulada por eternas primaveras que les permitían tener buenas y abundantes cosechas (es por ello que Saturno es recordado como el dios protector de las siembras). Pero, tristemente, al ver Júpiter que su padre era tan feliz, lo envió al infierno, terminándose así la época de primavera eterna en la región de Lacio, e instaurándose así las cuatro estaciones tal como las conocemos en la actualidad.

¡Qué gran paradoja pues, la que siempre acompaña a los egoístas que se disfrazan con ideales de cambio!