domingo, 12 de diciembre de 2010

12 de diciembre

Las sábanas se congelan en la cuerda de tender. Los pies descalzos se acercan temerosos a la estufa con verticales en llamas, que no se atreve con el frío escurriéndose por las paredes de la memoria.

Sigo escribiendo.

Descubrir Opciones de entrada>Fecha y hora de la entrada ha sido muy beneficioso. Puedo escribir durante la noche y publicar por la mañana, simular un horario civilizado, sincronizar mis relojes con las rutinas laborales propias del que quiere la información delante de un café. No las noches de insomnio, como la de ayer, en Villa Soldati (Buenos Aires, Argentina)...

Pese a un examen a las 9 de la mañana que ha salido perfecto.

Pienso en mañana con el estómago vacío tras tres volcanes, y el frigorífico, tras tres intentos. Se acerca la última excusa para no volver a casa corriendo, el examen de Derecho. Iba a buscar la cartilla del banco para poder sacar el dinero del billete, y estudiar... pero desde el mediodía un monstruo ha acampado en mis entrañas. El cuerpo ha heredado este día como adelanto de mi testamento.

He conseguido expulsarlo, dormir, despertar, y todavía sigo escribiendo.

Mía Gallegos

Más poemas (.pdf y .pdf) de Mía Gallegos.

Coreografía

Para mí amigo Carlos Cortés

En fin
que no he vivido nada.
No sé qué cosa es una guerra
y tengo como prisión al cuerpo
y alma como campo de batalla.

Me debato entre la duda
de reflexionar o fluir;
esto es situarse en el palco de los espectadores,
o estar
en cada íntimo instante del milagro.

Vivo de pedacitos,
pero aspiro a la totalidad,
es decir a Mozart y al poema que me redima
y me revele los espacios absolutos
y la nada.

Percibo de mí
los sitios más secretos:
la culpa,
una tercera conciencia de las cosas,
la dualidad del pensamiento,
la ira pequeña
por lo que ya ocurrió.
Pero he vivido poco. Treinta años.
Dos amores de piel
y un querer abandonar
esta espera que me señala la vida.

Anhelo la anarquía,
el más tierno desorden del amor,
la cábala
los relojes de arena y una habitación sencilla.

Quiero tener un destino trazado de antemano,
encontrarme con Dios
y los abismos
y no tener conciencia de la llama.
Ser la llama misma y la aventura.

Pero vengo de soledades últimas,
de conversaciones que nunca concluyeron,
de espejos que me miraron desde la infancia hasta ahora,
de abandonados armarios de caoba que fueron
de tías o de abuelas remotísimas.

Cuán poco he vivido.
No conozco la guerra. Y tampoco la paz.
Me duele la orfandad,
el desarraigo,
el sentirme extranjera en cualquier sitio,
el no pertenecer
a una familia o a una patria.

No puedo narrar una batalla;
ni hablar del hambre y de la peste,
ni escribir la canción de algún soldado herido,
ni hablar de mujer violada,
ni decir cómo es un cementerio después de una llovizna.

Pero anhelo decir en el poema
que la vida me conmueve,
que respiro mejor cuando me entrego,
que necesito amar de la manera más simple y primitiva.
Me gusta la paz y la defiendo
y la guerra cuando es justa,
y el sabor de las mandarinas cuando llega el verano,
que me gusta ser una y arraigarme en el cosmos,
y sentir que mi vida palpita al mismo tiempo que la vida,
aunque no haya vivido,
aunque mi hambre sea de infinito,
aunque no sepa expresar
que por alguna razón precisa estoy aquí,
a punto de vencer,
a punto de morir,
de vivir.





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“Escribo casi todo el tiempo y cuando no tengo ningún proyecto en mente, tomo apuntes de ideas que surgen espontáneamente. Hago notas que después incorporo a la poesía. Por lo general llega una sensación, luego, surgen las palabras y nace una imagen o una metáfora. Es entonces, cuando dejo que de mi interior fluyan las palabras como un torrente y ahí voy escogiendo lo que luego se convertirá en poema. Aprendí de los surrealistas a darle paso al inconsciente. También lo aprendí del psicoanálisis. No juzgo lo que viene del interior, lo acepto, lo reviso y después lo plasmo. Ese ha sido mi aprendizaje con la sombra. El diálogo intenso con la sombra”

© Lo supe en cuanto te vi
Maira Gall