sábado, 14 de agosto de 2010

Sensaciones

Esta es una historia que escribió mi primo Germán. El mejor narrador de la familia.

Su blog: Humor difícil


Lo siento


La gabardina, los puros, el güisqui de malta, todo eso era inevitable. Para mí, venían con el puesto. La mala leche y mi incapacidad para relacionarme con nadie no, eso lo traía de serie. Yo siempre he sido aficionado a las malas novelas de serie negra. Me encantan los tópicos, los tipos duros de mente afilada y gatillo rápido. Los casos fáciles de resolver, tan difíciles de encontrar en la vida real. Por eso cuando ascendí a Detective no pude evitar empezar a jugar, a interpretar mi vida como si estuviera en una de esas novelas. A nadie le importó: yo había sido siempre un gilipollas. El mejor gilipollas del departamento, eso sí. Así que establecimos un acuerdo tácito: ellos me dejaban ser un gilipollas y yo seguía resolviéndoles los casos más difíciles.

Mi faceta de imbécil insoportable no la cuelgo con la gabardina al llegar de la comisaría. Eso explica que no haya pasado de más de dos asaltos con ninguna tía desde hace casi veinte años. Últimamente, hasta las putas han empezado a rehuirme. Así que cuando descubrí en una teletienda de madrugada el supuestamente maravilloso SenseSuit, gran éxito de ventas en Japón, no lo dudé un instante y encargué uno. Por llamar inmediatamente recibí en solo quince días un completo kit: el traje de tejido sensoactivo, el cable de conexión USB, un antifaz de descanso y el paquete extendido de sensaciones pregrabadas (el que incluye la colección de sensaciones eróticas, si no ¿qué sentido tendría?). Menudo invento el trajecito. Viene a ser como un traje de submarinista solo que mucho más adaptable al físico humano, cubriendo bien todos los apéndices, al detalle, no sé si me explico. Mediante impulsos eléctricos, reproduce sobre la piel las distintas sensaciones programadas. Lo enchufas al ordenador, seleccionas la sensación que quieres que reproduzca y ahí lo tienes.

A pesar de lo que pueda parecer, no soy especialmente receptivo a la sugestión publicitaria. Aun así, no sé si sería por la cantidad de tiempo que llevaba sin recibir una caricia, pero la verdad es que la sensación me pareció absolutamente real. Y después de la caricia venían mil sensaciones más. Podía pasar horas enteras sintiendo como el calor del sol y la brisa marina acariciaban mi cuerpo suspendido plácidamente en una hamaca. O dormir sintiendo el calor de alguien a mi lado, alguien que incluso me echaba una pierna o un brazo por encima. Sentí mi primer abrazo sincero en treinta y cinco años gracias al puñetero traje. Y el sexo. El sexo era lo más conseguido. Reproducía texturas, pesos, roces, posturas. El hijo de puta al que se le hubiese ocurrido inventar este aparato se merecía acabar sus días en un chalet acojonante y rodeado de las mejores putas que se pudiera pagar con mi dinero y el de tantos desgraciados como yo que hubieran comprado un SenseSuit.

Luego llegó el escándalo. Algún capullo intentó hacer algo que no debiera con el puto traje y murió electrocutado. Su mujer demandó a la compañía, mucha más gente se subió al carro y la SenseSuit Inc. acabó en la bancarrota. Yo ya sabía que aquel era un producto para fracasados. Lo anunciaban justo después que un alargador de pene y antes que un frasco de semen de ganso que adelgaza. Yo ya tenía asumido mi fracaso, pero entonces me jodieron la vida sin haberme metido con nadie.

Mi traje funcionaba a la perfección, y el día que quisiera probar algo nuevo podía meter la polla en un enchufe. Rápido, limpio y sin molestar a nadie. Los medios de comunicación acabaron convirtiendo en apestados a quienes usasen el SenseSuit. La presión fue tan fuerte que se prohibió el traje y, en consecuencia, también se dejaron de comercializar expansiones y las tiendas especializadas se reconvirtieron. Mi favorita ahora se dedica a la importación de implantes capilares taiwaneses, hay que joderse.

Por suerte nos quedaba Internet. Internet, antes de que la gente descubriese que servía para ganar dinero haciendo públicas sus vergüenzas, era un sitio maravilloso. Lleno de porno. Todo el porno del mundo estaba allí. Y de todo. Si algo existía, en Internet encontrarías porno sobre ello. Sí, también había cosas ilegales, pero para eso estaba la policía. Ya nos ocupábamos nosotros. Además del porno, existían millones de colgados dispuestos a perder su tiempo proveyendo a la Red de las utilidades más estúpidas. En cuanto el banco subastó la tecnología de SenseSuit Inc. para cobrar su deuda, aparecieron cientos de tipos dispuestos a pagar lo que fuera para poder personalizar sus trajes con las sensaciones más estúpidas. Y compartirlas con el resto del mundo. Gratis.

Gracias a eso, uno de los secretos industriales mejor guardados tardó horas en acabar en la Wikipedia. El sistema de captación de sensaciones era como un escáner cerebral, avanzadísimo, con sus electrodos y eso, que recogía los patrones de actividad neurológica durante la captación de las sensaciones. Así que alguien había estado tumbado varias horas en la nieve solo para que yo pudiera disfrutar del frescor alpino en mi cuarto lleno de ropa sucia. Alguien había recibido masajes de distinta intensidad. Incluso las mejores mamadas de mi vida se las habían hecho antes a otra persona. Esa parte no me disgustó, de hecho explicaba lo bien que habían conseguido cogerle el puntillo.

Pronto empezó a haber comunidades cibernéticas de intercambio de sensaciones. Era difícil entrar, era muy importante conservar el absoluto anonimato. No era solo la cuestión legal. Ni siquiera en Internet, rodeados de iguales, nos atrevíamos a confesar lo miserables que eran nuestras vidas. Fueron apareciendo todo tipo de sensaciones estúpidas que la SenseSuit Inc. jamás habría comercializado. A veces los expertos en marketing son los tíos más idiotas del mundo: nunca se les ocurrió que la gente se volvería loca por sensaciones como recibir una pedorreta en la tripa o el cosquilleo de una pluma en la planta de los pies. O a lo mejor a la gente le gustaba porque era gratis. A saber, la gente tampoco es muy lista. Con lo de las adaptaciones caseras, no tardaron en aprovecharse los gamberretes de turno. Subían patrones que supuestamente serían una palmada en la espalda o un adorable gatito frotándose contra tu pantorrilla, pero una vez instalados y ejecutados las sensaciones que recibías eran pellizcos en los huevos o patadas en el culo. Después de los gifs animados en foros de epilépticos, éste fue el segundo ataque hacker de la historia que consiguió dañar a personas en vez de ordenadores.

Eso no eran más que chiquilladas. La verdad es que casi disfrutaba más con estas sensaciones estúpidas. Incluso las sensaciones porno (¿debería llamarlas sexuales?) amateur eran mejores. Así volví a alcanzar una cierta normalización de esta afición. Mi gran ventaja era que a nadie del departamento le importaba una mierda mi vida fuera del trabajo, así que mi única preocupación era que nadie se enterase de que yo era uno de esos depravados de los trajecitos, como les (nos) llamaba el Capitán.

Hasta el día en que me topé con la primera colección de patrones subida por un usuario relativamente nuevo en nuestro foro habitual, un usuario con un nick tan ocurrente como mojar las galletas en la leche: sKing. Una combinación perfecta entre las palabras en inglés skin (piel) y King (rey). En condiciones normales habría activado la opción de “Ignorar usuario”, pero su presentación parecía escrita por una persona normal, sin faltas de ortografía, sin apócopes inopinados, educada incluso... y además usaba como avatar una foto de un gatito jugando con un ovillo de lana. Así que decidí darle una oportunidad. Después de las colecciones de sensaciones sexuales, lo que más me gusta sentir son los gatos jugueteando por encima de mi cuerpo. Sí, ya sé que a un gato no le importaría lo cabrón que yo sea y que podría tener uno de verdad. Pero nunca me lo había planteado y, una vez descubierto esto, era mucho más cómodo que tener a un bicho que se cagara en cualquier rincón de la casa. Para eso ya me sobro yo.

La colección de sKing era muy extraña. El paquete contenía unos veinticinco patrones de sensaciones sin nombre, solo números. Con las primeras ya noté que iba un poco más allá que la mayoría de los usuarios. La número 2 era una gota de agua que caía constantemente sobre mi cabeza. La número 5 era la llama de una vela que se acerca a la piel, sin llegar a quemarla, recorriendo todo el cuerpo. Era muy extraño, pero en cierto modo me gustaba. Conforme iba probando los patrones, cada vez me costaba más descubrir qué sensación estaba recibiendo. Algunas eran completamente imposibles, extrañas, desasosegantes.

Estaba a punto de desconectar el traje cuando llegó. La sensación número 16 sí pude reconocerla. Una punzada hirviente en el estómago que me hizo retorcerme de dolor. Un disparo a bocajarro, recibido a muy corta distancia. Solo me han disparado una vez. Fue un mierda de atracador de bancos, novato, que se cagó y me alcanzó una pierna. Pero reconocí la sensación. Mientras caía al suelo por el dolor, que duró unos segundos más de lo necesario solo pude pensar en que aquél cabrón había disparado a alguien de verdad para grabar la sensación. Paré el reproductor. Notando como me corría el sudor por debajo del traje, me serví un güisqui y me lo bebí de un trago. Pensaba qué hacer. No podía llevar el caso oficialmente sin ponerme en evidencia. Decidí terminar de reproducir la colección de sKing, tomar buena nota de qué podía haber hecho, encontrarle y hacerle pagar de alguna forma. Si no conseguía pensar en una buena estrategia para llevarle ante la ley, estaba dispuesto a aplicársela yo mismo. La ira me cegaba. Me tomé otro güisqui y volví a reproducir la sensación 16 y aguanté. Y la 17. Y la 18 y tuve que salir corriendo al baño a vomitar. Reproduje la 19 y me quité el traje llorando.

Me conecté al foro y voté su aportación con la puntuación más alta, un 5. Esa noche no pude dormir. Repasé lo que sabía sobre la tecnología SenseSuit. Había probado algunas simulaciones electrónicas de sensaciones. Patrones artificiales creados con una especie de sintentizador, programados. Incluso las mejores no tenían nada que hacer comparadas con las sensaciones grabadas directamente de personas. No cabía duda: aquello que había sentido lo había sentido una persona. Y si esa persona fuese sKing, no estaría vivo para colgarlo en Internet. Puto psicópata.

Al día siguiente en cuanto llegué del trabajo me conecté al foro. Allí estaba, un nuevo paquete. El muy mamón había desactivado los comentarios y nadie podía dejar mensajes sobre sus aportaciones. Pero el número de descargas era bastante elevado. Parece que a la gente le estaba gustando. O les enviaban el enlace a sus amigos como una broma macabra. La puntuación recibida por el resto de usuarios le daba una media de 4,8, sobre 5. La gente está enferma. Descargué la segunda colección de patrones y empecé a reproducirlos. Hoy no me iba a pillar desprevenido, tenía que ser fuerte. Las nuevas sensaciones estaban numeradas a partir del 26... pero no pude aguantar más allá de la 34.

No tenía absolutamente nada para pillar a ese asesino. Porque lo sabía a ciencia cierta: sKing había matado a alguien para grabar sus patrones cerebrales. Quizá a varias personas, a juzgar por lo que había podido sentir. Volví a sus primeros patrones. Los reproduje una y otra vez, completamente concentrado en sentir todo lo que pudiese. No sabía qué podía encontrar, pero dicen que la piel es el órgano más sensible del cuerpo, así que intenté enfocar toda mi consciencia en mi piel. No conseguí encontrar nada nuevo. Esta vez sí que conseguí reproducir la serie entera. sKing no volvió a aparecer por el foro. Pero yo aún tenía sus patrones. En los días siguientes conseguí resistir cada vez más. El dolor ya no me importaba. Sabía cuando aparecería, por donde atacaría, y estaba preparado. Solo quería sentir una y otra vez aquella interminable lista de sensaciones sin acto, sin nombre, intentando encontrar alguna pista que me llevase hasta él. Así, sintiendo una y otra vez el dolor de los disparos, de los mordiscos, de los desmembramientos, alcancé a descubrir una pauta. Las sensaciones dolorosas y las que eran meramente inquietantes se sucedían. Se relacionaban. Había una historia detrás de todo aquello.

Y yo estaba aprendiendo a leer. Eran letras que no significaban nada evidente para mí. Solo sensaciones. Sensaciones con las que me iba familiarizando. Había una lógica interna en aquello. En realidad aquello no hacía más que entorpecer mi labor. Cada vez me costaba más enfocar mis sesiones en la búsqueda de alguna pista que me dijese, no sé, dónde podían haber sido grabados los patrones, o cuánta gente manipulaba a las víctimas. Pero era imposible. La secuencia cada vez me era más familiar, cada vez me acostumbraba más a ella. Poco a poco, la pauta se hacía más evidente en cada sesión. Era el equivalente para el tacto de escuchar una sinfonía, ver un cuadro o degustar un buen vino.

Por eso el día en que me enteré de que los compañeros de Homicidios habían detenido a alguien a quien acusaban de una serie de crímenes que perfectamente podrían corresponder con aquellas sensaciones que yo estaba empezando a entender no pude evitarlo y fui a verle.

“¿Puedo llamarle sKing? Para mí usted no es solo esa mente perturbada que hemos metido en prisión. Tengo que decírselo, señor sKing, es usted un artista, un verdadero artista. Tengo que darle las gracias, ha creado usted una obra irrepetible. Sí, soy sincero, no bromeo con esto, ni tengo por qué hacerle la pelota, en unas semanas estará usted frito en la silla. No, no puedo hacer nada por ayudarle, no tengo ningún poder. Lo siento mucho.”

Fui completamente sincero. Lo siento.

Argumento

Es cierto que en cuatro días no he dado señales de vida, que mi móvil no tenía cobertura pero los de mis amigos sí. Es cierto que soy culpable de no haberte mostrado con una conversación de apenas dos minutos el cariño que esperas de mí. Pero he llegado a casa y me lo has echado en cara sin preguntarme antes qué he vivido, qué he sentido, qué he soñado ante aquellas gotas cristalinas, ni un mísero qué tal me ha ido, si he reído, qué he aprendido, si me he enamorado o cuántas estrellas fugaces han agitado nuestra imaginación, ni qué hemos comido... Ni después.

Resulta asqueroso encontrar argumentos para cosas como esta.

A veces las lágrimas no tienen nada que ver con la autojustificación.
© Lo supe en cuanto te vi
Maira Gall