jueves, 10 de diciembre de 2009

El derecho a ser Autor

El poema no se escribe, se alumbra
José Ángel Valente.


Todo ser humano tiene derecho a vivir de lo que mejor sabe hacer.

Éste es de los pocos derechos amparados por el sistema capitalista, y que además de favorecer al propio sistema, aumenta las posibilidades de supervivencia y la calidad de vida del trabajador que ha desarrollado sus facultades por esfuerzo propio.

A partir del anterior párrafo comencé a descubrir mi enfermedad. No es que tenga mejores o peores facultades, es que sólo tengo una: crear.

Comenzaré desde el principio.

Mi madre, nada más conseguir desarrollar mis facultades comunicativas, comenzó a martillear mi por entonces pequeña cabecita con órdenes, en su mayoría dirigidas a mantener la casa medianamente limpia. Más allá de que nunca lo consiguiera según su criterio (su vista siempre será más aguda que la capacidad del trapo de retener el polvo), mi madre descubrió bastante pronto uno de mis más evidentes (de los muchos) defectos: la pereza.

Un grave problema. Era cierto.

Por fortuna, mi profesor de primaria nos daba la oportunidad de terminar los ejercicios para casa los últimos diez minutos de cada clase. Gracias a ese pequeño detalle aprendí que diez minutos dan para mucho: para una tarde entera sin deberes. Las tardes las pasaba frente a la televisión, escribiendo cuentos en un ordenador de un giga de disco duro, cambiando y cambiando los versos de un solo soneto o copiando un artículo de la enciclopedia sobre el Namib con la máquina de escribir eléctrica de mi madre. Tendría unos ocho años.
Era cierto. Soy un vago.

A medida que mi cabecita iba acercándose peligrosamente al marco de las puertas, aumentaba el número de palabras que había escrito. Más tarde empecé a grabar cortos y, de repente, ante mí pude vislumbrar la Gran Verdad: sólo me esfuerzo para lo que me interesa(es mentira, mi madre está cansada de repetírmelo). Esto a secas no es malo, pero si lo que interesa es crear, no es malo, es peor.

¿Menuda estupidez?

El leñador vende leña, el publicista negocia con necesidades, el transportista cambia cosas de sitio, el dependiente del súper registra el consumo, el banquero cambia el dinero de cartera (y se queda un poco),... pero siempre me he hecho esta pregunta: ¿cómo se transforma una poesía en un plato de comida?

Mis intereses van poco más allá del autoconocimiento y, en algunos pocos casos, la autocomplacencia. El público es tan ajeno a mi obra como lo soy yo mismo. Y si una poesía mía vale algo, estaremos de acuerdo en que su valor es incalculable. Un poema, al igual que una canción o una película que pueda ser incluida dentro del movedizo campo del Arte, no tiene precio (aunque el sistema se empeñe en ponérselo)... porque un sueño, un deseo, una idea, una verdad, una mentira, un amor,... tampoco lo tiene... Y a diferencia de la leña o de las marcas, un poema mantiene su esencia, su fragilidad, a lo largo del tiempo y de los corazones.

¡Ya está!¡El libro!

Míralo, por ahí viene... agarradito de la mano de © ¡Ups! Los derechos de autor. ¿Contratos? Sí, contratos.

Al parecer, © y el autor se conocieron gracias a la reina Anne de Inglaterra, allá por 1710. La alcahueta encargada y principal culpable de su unión: la imprenta. Ella fue el milagro que transformó un banquete para quinientas personas manuscrito en piel de cordero en un millón de mendrugos de pan dispersos por el mundo. Cierto es que calmaban el hambre por igual al lector, sin embargo, era difícil mantener la bolsa de los mendrugos sin romperse... y siempre aparecía algún ladronzuelo dispuesto a aprovecharlo, no sólo para comer un par de horas, sino para hacer otro millón de mendrugos que, con su venta, le permitían comer hasta varias veces al día. Y estaremos de acuerdo en que no es justo lucrarse gracias a la receta de otros.

Hasta aquí la lección de Historia. Imagino que todos, llegados a este punto, hemos comprendido de sobra la importancia para alguien como yo, que quiere vivir de lo que escribe, de ser amigo de ©.

Cómo conocí a Copyright y a Copyleft

Tras conocer a © empecé por preguntarle qué significaba su nombre:

- Llámame copyright, así es como me llaman en los Estados Unidos de América, my home.-
Es de la época colonial al fin y al cabo, no era libre de reprimir su patriotismo.
- ¿Y qué te trajo hasta las tierras castellanas?
- ¡Defender los derechos de los autores!
Era deprimente, imagínenselo, emocionado ondeando una bandera con su propia cara... qué estúpido.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué derechos son esos?
En cuanto descubrió el tono irónico de mis palabras, sacó pecho, extrajo de su mochila un pergamino, lo desenrolló y pregonó:
- ¡Hay varios tipooos! ¡Los moraleeees! y... ¡los patrimonialeeeees!
- ¿Por qué lo dice así?
- ¿No es así como se leen aquí las cosas?
Después de mantener una seria discusión sobre la cultura y tradiciones populares españolas y avanzar unos cuantos siglos, me dio el texto para que lo leyera yo mismo.

Al parecer, los derechos morales son irrenunciables e inalielables, y fundamentales, pero no dan de comer. Los derechos que por fin convertirían mi libro en un plato de comida eran los patrimoniales. Éstos derechos son los de: reproducción, distribución, comunicación pública y transformación; además del derecho de remuneración por copia privada.

Mientras lo leía, el cuerpo de © y sus atributos cambiaron tan rápido que cuando terminé de leer el pergamino era casi irreconocible. Y tenía más cosas que contarme.

- ¿Conoces a mi amigo CEDRO? Es español, like you.
- Claro, de la familia de las Abietáceas... - viendo que © permanecía callado, intenté adivinar de nuevo a qué se refería- ¡Ah! ¡Claro! Si es el cedro de España... te refieres a la sabina ¿verdad?
- No, estúpido, ¡Sabina es músico!, y de ésos se encarga la SGAE.
La verdad, estaba bastante perdido.

Al parecer, CEDRO se encarga de "representar y defender los legítimos intereses de autores y editores de libros y publicaciones periódicas, facilitando y promoviendo el uso legal de sus obras". No parecía un mal tipo, sin embargo, no terminaba de entender por qué quería representarme. Cuando no miraba, le cogí su pergamino sin que se diera cuenta y lo leí. Lo entendí enseguida. Al parecer, el susodicho conseguía un 10% de mis ingresos, y además una gran cantidad de ingresos gracias a un canon digital (vamos, un ladrón), ¡un montón! Me anoté unos pocos:

- Reproducciones mediante fotocopia efectuadas en establecimientos reprográficos comerciales (de 137,44 a 901,83 euros)
- Reproducciones efectuadas en empresas (9 euros/empleado de la empresa/año)
- Reproducciones efectuadas en centros de enseñanza primaria y/o secundaria (2,65 euros/alumno/año en centros de primaria y 3,74 euros/alumno/año en centros de secundaria)
- Reproducciones efectuadas en centros de enseñanza universitaria (4,12 euros/alumno/año)

y decidí pasar. Más tarde descubrí que no era el único, toda su pandilla hacía lo mismo.

Seguí buscando la manera de que mis ideas pudieran llenar el plato que llenara mi estómago y, finalmente, me encontré con casos de algunos autores de prestigio. Los porcentajes de ingresos del autor rondan el 5-10% del precio final del libro. Por lo tanto, en un libro con un coste aproximado de 7-10 euros, los ingresos netos del autor no llegan a un euro por libro... Menuda decepción... Claro, no había tenido aún en cuenta a las editoriales... que se llevan la mayor parte de los ingresos. Y con los libros tradicionales, bueno... hay que pagar el papel, ¿pero los e-books también? Increíble.

© intentó ocultármelo, pero tiene un hermano gemelo. Su nombre creo que es copyleft. Sin duda, parece ser el mejor de los dos. Además de darme a elegir entre diferentes licencias, para así poder elegir los derechos patrimoniales que quiero mantener sobre mi obra según me convenga; CEDRO no podrá gestionar mis derechos (ni aprovecharse de ellos) .

Definitivamente, creo que las mejores opciones son las de publicar a través de algún editor online (en los que puedes elegir el precio y también editan libros en formato tradicional), o autoeditarme, un e-book bajo licencia copyleft.

En todo caso, hay que registrar la obra. Hay que pagar, pero no queda otra.

Eso es lo que haré.

Nubes negras

El sol resplandecía en el cielo como un fénix puesto hasta el culo de testosterona. No era verano aún y ya estaban empezando a evaporarse los charcos de los ojos de los viandantes, hacía demasiado tiempo que nadie lloraba, pero tampoco alcanzaban la adolescencia las sonrisas.

El sol miró hacia abajo para ver qué tenía entre las piernas, el mar colocó su espejo hacia arriba, y en su cruce de miradas, sólo encontraron grasa, engranajes y máquinas. Así que siguió masturbándose sobre la humanidad que, entre continuos colores de fuego, acabó olvidándose del aniversario del difunto verano.
© Lo supe en cuanto te vi
Maira Gall