viernes, 18 de diciembre de 2009

Maestro

Intento no darme cuenta de las palabras que me sacan de una encrucijada creativa, las salvavidas; para no intentar evitarlas, desterrar de mi pequeño mundo de islas sus significados como parte de mi realidad. Se cree que la repetición es una enemiga cuando se escribe, lo cual es un absurdo, y más si aspiro a considerarme poeta algún día, ya que aunque cada una de mis poesías tuviera una palabra común al resto seguirían manteniendo su espíritu de idea, su esencia. O eso creo. O eso quiero creer.

La poesía aparece así, de modo primario, como revelación de un aspecto de la realidad para el cual no hay más vía de acceso que el conocimiento poético. Ese conocimiento se produce a través del lenguaje poético y tiene su realización en el poema. Porque es éste la sola unidad de conocimiento poético posible: no un verso, por excelente o bello que pueda parecer, ni un procedimiento expresivo, por eficaz o caracterizador que resulte, sino el poema como estructura donde esos elementos coexisten en fluida dependencia, corrigiéndose y ajustándose para formar un tipo de unidad superior.


Y escribo por tantas razones internas que sólo me viene una a la cabeza. Escribo para pensar sólo en una cosa, para buscar dentro de mí enlaces de palabras que intenten dar significado a mi realidad, mi existencia, el sentido de mi vida, los fogonazos de ideas en mitad de la noche,... mi tiempo al fin y al cabo. Y aprendo escribiendo en mayor medida en que lo haría el alumno estudiando, porque mi esfuerzo no es conocer lo que hay sobre la mesa, es aumentar el temario y después descifrar su código y depurarlo, por supuesto, sobre la marcha.

Ayer sólo entré a una clase, pero fue un gran día sólo porque escribí una poesía conjunta con Miky y Ludo (en breve la compartiré con vosotros), y hablamos sobre el escribir. Ludo cogía la libretita y el boli, y de pie, con las manos abajo, pensaba y repensaba, preocupado por el resultado final, cómo continuar los cuatro versos que habíamos escrito Miky y yo, decir que hace poco escribió su primera poesía. Y le decíamos "¡No! No se piensa y se escribe, ¡se piensa mientras se escribe!"

Por existir sólo a través de su expresión y residir sustancialmente en ella, el conocimiento poético conlleva no ya la posibilidad, sino el hecho de su comunicación. El poeta no escribe en prinicipo para nadie y escribe de hecho para una inmensa mayoría, de la cual es el primero en formar parte. Porque a quien en primer lugar tal conocimiento se comunica es al poeta en el acto mismo de la creación.
Las palabras de la tribu, José Ángel Valente.

Y Ludo buscaba un tema, un hilo. Miky lo desgrana y sí, era una de las direcciones que estaba cogiendo el poema, pero no debía ceñirse a él. Es el mismo poema el que te dice el camino que has de tomar. Para mí la poesía no es ningún sacrificio porque sólo hay que pensar el primer verso, el resto es palpar a ciegas los límites de su figura; incluso se puede descabezar lo único que se ha pensado (más de una vez lo he hecho).

El estilo, así considerado, puede ser víctima de dos elementos aporísticos: de un a priori estético y de un a priori ideológico. Ambos liquidan de raíz toda posibilidad de que la obra artística se produzca. El a priori estético hace prevalecer la autonomía del medio verbal: el estilo desaparece entonces y se convierte en manera. El a priori ideológico hace prevalecer la autonomía del tema: el estilo desaparece asimismo y se convierte en esquematismo demostrativo. Se trata de dos mecanismo de abstracción que, en último término, aunque por distintas vías, coinciden en escamotear el posible contenido de realidad de la obra literaria.

Las palabras de la tribu, José Ángel Valente.


Sencillamente, increíble.

Ahora sí que no tienes excusas para no escribir.
© Lo supe en cuanto te vi
Maira Gall