jueves, 18 de septiembre de 2014

Sobre poesía (I)


Escribir poesía era sencillo al principio: tan joven mi vocabulario era bastante escaso. En este sentido, tengo que agradecer a mi maestro de 6º de Primaria, don Fructuoso, sus esfuerzos por enseñarnos los diferentes tipos de palabras según su morfología. Concretamente, las preposiciones (a, ante, bajo, cabe...), las conjunciones (copulativas y adversativas), los adverbios (de tiempo, de modo, de lugar...), los determinantes (artículos, numerales, indefinidos...), las locuciones... Gracias a estos conocimientos, escribir se convirtió en algo divertido desde mi tierna infancia.

La idea central de mis primeros poemas era una narración simple en primera persona, con un protagonista que no era yo sin dejar de serlo. La base eran sustantivos comunes como “nube”, “sueño”, “ángel”... y algún abstracto: “amor”, “paz”... palabras que cualquier niño ha escuchado o dicho alguna vez; y lógicamente, muchos verbos y algún que otro adjetivo.

Escribir poesía consistía en enlazar estas pocas palabras en un marco limitado de 14 versos de 8 sílabas. Jugaba a sorprenderme y deducir todos los posibles caminos de mis primeras metáforas. Después de reescribir y reescribir mi primera poesía, me pareció justo escribir otra desde el principio. Cuando descubrí la estrofa, me descubrí al verso libre.

Escribir poesía era y sigue siendo una forma de conocerme a mí mismo. Era mi forma de aprender y recordarme como alguien pasado que no quería olvidar. Cuando creía encontrar una “versión definitiva” de un poema, pasaba al siguiente. Años después, leía (leo) lo que escribí, con esas mismas palabras y a menudo encuentro significados que evolucionan a medida que evoluciona su lector, en este caso, yo. Quizás sea ese índice variable de sorpresa (grata o amarga) una de las principales razones por las que sigo releyendo (y escribiendo) como forma de reencontrarme.

Cuento esto porque no sabía cómo empezar. De un tiempo a esta parte reviso las poesías incluso varios meses después de escribirlas, y hago pequeños retoques, y cambio palabras, y el orden sintáctico... lo que me obliga a hacerme la siguiente pregunta: ¿por qué?

La respuesta parece simple: para ser mejor, o para ser más claro, o para ser más sintético, o parecer más bello.

Últimamente estoy leyendo bastante (también) sobre teorías de cineastas.

La primera lección es que una teoría, como concepción de un arte, no se define a priori, si no que se refleja a partir de la obra. Es decir, de la práctica se extrae la teoría.

Los principios básicos son conclusiones establecidas por medio de la experiencia creativa, mientras se filma o se escribe; es ahí donde se encuentran las preguntas y se haya la mejor respuesta a qué debe hacerse en función de ese plano-secuencia o verso en concreto para expresar una idea.

Este conjunto de respuestas termina conformando un modo de comunicar ideas, que aplicado como esqueleto de una obra o esquema interpretativo de la realidad, es identificado como parte de la idiosincrasia o estilo propio y único de cada artista, que no deja de ser una reconstrucción constante de sí mismo y de la sociedad de su tiempo.

No hay leyes universales, sólo indicios preconstruidos de cómo se deben hacer las cosas en función de lo que aprendemos o nos enseñan quienes consideramos como nuestros maestros.

Hay unas leyes básicas. En el caso de la poesía, hay que respetar las normas propias del lenguaje, por cuanto haga posible la interpretación inequívoca de lo que se lee, respetando su grado de ambigüedad.

Me viene a la cabeza, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez, que convierte faltas de ortografía absurdas para el niño que aprende a escribir (“nostaljia”), en signos de un lenguaje propio que no deja de ser común y, por lo tanto, comprensible. O Góngora, que altera el orden lógico de una frase para potenciar su capacidad expresiva y de sentido, en consonancia con su época, el Barroco.

No me considero un experto en el tema (todavía me pierdo con los nombres de algunos recursos literarios que no sé siquiera si utilizo), pero creo que poco a poco, poema a poema, verso a verso, estoy empezando a plantearme preguntas que me dirigen hacia una construcción de una teoría personal de la Poesía.

Antes de adentrarme en semejante desafío, seguiré leyendo. Además del libro “Las teorías de los cineastas”, de Jacques Aumont (anteriormente mencionado y todavía a medias); acabo de descubrir en la biblioteca “El arte del verso”, de Mateo de Vendôme, una obra escrita en latín en torno al año 1175 y traducida por María del Rosario Neira Piñeiro. Una joyita de la que espero aprender buena parte de aquello que nunca me enseñaron.

Sirva como introducción la definición que Mateo de Vendôme hace del verso:

“El verso es un enunciado métrico que se desarrolla ágilmente en forma de cláusulas, con una hermosa combinación de palabras y embellecido con el adorno de las ideas, donde no falta ni sobra nada. Así pues, ni la adición de vocablos, ni el cómputo de los pies, ni el conocimiento de los tiempos hace el verso, sino la elegante disposición de las palabras, la expresión de las propiedades y el epíteto observado de cada cosa.”


Continuará...
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Maira Gall