lunes, 4 de julio de 2011

Hijo

Hijo pródigo de la desgracia


No he vivido una guerra,
no he notado en mis manos el peso de la carne
y nada más.
No he respirado la ceniza,
ni los gritos me asaltan por las noches;
no he sentido la vulnerabilidad de la trinchera
ni el temblor del rifle ante mi enemigo.

Sin embargo, eso no impide
que me sienta como un ángel
con el culo lleno de metralla.
Los libros me han susurrado la desgracia
de ser esclavo de esta historia,
de la Historia de España,
de la Gran Historia Universal.

No he sentido el frío del exilio
ni la orfandad de la infancia robada.
No merezco cartas ni medallas.
Sin embargo, no creo que mi lucha no tenga sentido
por estar lejos de las balas,
por ser mi espejo el campo de batalla.
La guerra a la que me enfrento cada día
es controlar al animal que habita mi estómago,
y prepararme para, llegado el momento,
impedir que la Historia se repita.




De Lo supe en cuanto te vi
Publicada en el número 7 de
Acta Verbum

Intereses



(Gracias Carlos)

Imaginemos que el banco posee una cantidad total de, digamos, cien monedas de oro...


(Ver película)

sábado, 2 de julio de 2011

El Autor a finales del Antiguo Régimen

autor, escritor, maquina de escribir
"La mayor parte de los escritores que se reúnen en los salones y que conversan con hombres y mujeres de la nobleza erudita, están allí por la necesidad de hacer carrera: es un medio -uno de los pocos- de obtener protección, mecenazgo o pensionado. Porque, en efecto, a final del Antiguo Régimen, no ha surgido todavía el autor tal y como hoy es entendido; viviendo de lo que escribe, a través de un entramado que lo liga al editor y al público, así como a la obtención de una recomensa en función de las ventas y en atención a sus derechos de propiedad sobre lo escrito (derechos de autor). Tales conceptos jurídicos son todavía extraños o comienzan a ser formulados por algunos reformadores iluministas. En todo caso, no son todavía norma.

La dependencia del escritor de su habilidad en las relaciones personales, de su conversación y sus maneras en los salones, de su capacidad para sorprender a potenciales protectores, incidió en la difusión de las ideas gestadas en ámbitos ilustrados. Porque, como es obvio, no todos los escritores tuvieron la suerte del patrocinio o no la tuvieron de forma continuada. Y buscaron otros caminos para salvar coyunturas adversas. Por ejemplo, dedicarse al contrabando de libros o, conociendo bien tales redes, espiarlas para denunciarlas a la policía actuando como confidentes a sueldo. Pero sobre todo, encontraban trabajos donde afilar lápices, aunque no sirviesen a sus supuestas capacidades creativas. Se hacían periodistas o maestros, libelistas o secretarios. Ocupaban el renglón inferior de la República de las Letras, el de los "oficios intelectuales"; la policía no sabía muy bien cómo llamarlos y utilizaba apelativos tan genéricos como garçons.

En todo caso, a través de los escritos periodísticos o libelísticos que producían, a través de su acercamiento como instructores o secretarios a determinadas esferas sociales, difundían lo que habían aprendido en los salones o lo que sus amigos asistentes a ellos les contaban. Así pues, los juicios públicos, los criterios independientes, cruzaban el umbral del salón y ganaban a lectores no implicados en ellos."

Enric Bordería Ortiz, Antonio Laguna Platero y Francesca Martínez Gallego.

Extraído de Historia de la Comunicación social.

jueves, 30 de junio de 2011

Thought of you


(Vía Jerm)

Obra de Ryan Woodward.


Derek Walcott

De Garcetas blancas (2010)

Uno de los regalos recibidos durante mi visita al José Salazar


The Acacia Trees

I


You used to be able to drive (though I don't) across
the wide, pool-sheeted pasture below the house
to the hot, empty beach and park in the starved shade
of the acacias that print those tiny yellow flowers
(blank, printless beaches are part of my trade);
then there were men with tapes and theodolites who measured
the wild, uneven ground. I watched the doomed acres
where yet another luxury hotel will be built
with ordinary people fenced out. The new makers
of our history profit without guilt
and are, in fact, prophets of a policy
that will make the island a mall, and the breakers
grin like waiters, like taxi drivers, these new plantations
by the sea; a slavery without chains, with no blood spilt—
just chain-link fences and signs, the new degradations.
I felt such freedom writing under the acacias.


II


Bossman, if you look in those bush there, you'll find
a whole set of passport, wallet, I.D., credit card,
that is no use to them, is money on their mind
and is not every time you'll find them afterwards.
You jest leave your bag wif these things on the sand,
and faster than wind they jump out of the bush
while you there swimming and rubbing tanning lotion,
and when you find out it is no good to send
the Special Unit, they done reach Massade.
But I not in that, not me, I does make a lickle
change selling and blowing conch shells, is sad
but is true. Dem faster than any vehicle,
and I self never get in any commotion
except with the waves, and soon all that will be lost.
Is too much tourist and too lickle employment.
How about a lickle life there? Thanks, but Boss,
don't let what I say spoil your enjoyment.


III


You see those breakers coming around Pigeon Island
bowing like nuns in a procession? One thing I know,
when you're gone like my other friends, not to Thailand
or Russia, but wherever it is loved friends go
with their different beliefs, who were like a flock
of seagulls leaving the mirror of the sand,
or a bittern passing lonely Barrel of Beef,
or the sails that an egret hoists leaving its rock;
I go down to the same sea by another road
with manchineel shadows and stunted sea grapes
dwarfed by the wind. I carry something to read:
the wind is bright and shadows race like grief,
I open their books and see their distant shapes
approaching and always arriving, their voices heard
in the page of a cloud, like the soft surf in my head.


---


Las acacias

I


Antaño se podía (aunque yo no) cruzar en coche
anchas praderas con charcos que rodean la casa,
llegar al calor de una playa vacía, aparcar
a la sombra de acacias y sus florecillas gualdas
(mi oficio incluye las costas desiertas, sin hollar);
mas llegaron hombres para medir con teodolitos
la tierra agreste y quebrada. Vi las fincas aciagas
sobre las que otro hotel de lujo se levantará
cercado, excluyendo a las gentes. Los nuevos gestores
de la historia se benefician sin remordimientos
y, de hecho, abogan por una política que hará
de la isla un centro comercial, sonreír a las olas
cual camareros o taxistas, las nuevas colonias
junto al mar: esclavos sin grillos, sin sangre caída,
sólo vallas y señales, degradación por vida.
Gran libertad sentí al escribir bajo las acacias.


II


Señor, mire en esos arbustos de ahí, están
su pasaporte, cartera, DNI y tarjeta
de crédito, que no les sirve, es sólo dinero
que quieren, y no siempre hay suerte de hallarlos luego.
Con que deje su bolso y todo eso en la arena
saltan desde un arbusto más rápidos que el viento
mientras nada allí o se da crema bronceador,a
y cuando se da cuenta no merece la pena
llamar policía, que ya han llegado a Massade.
No ando metido en eso, yo no, algunas monedas
hago vendiendo y soplando caracolas, triste es
pero cierto. Son más rápidos que cualquier auto,
y a mí nunca me ha gustado eso de armar un lío
menos con las olas, y eso casi se ha perdido.
Aquí hay muchos turistas y muy poco trabajo.
¿Qué hay de un poco de vida? Gracias, pero, señor,
no deje que lo que le digo le agüe la fiesta.


III


¿Ves las olas que rodean Pigeon Island como
procesión de monjas con la cabeza gacha? Esto
sé: cuando te hayas ido, como mis compañeros,
no a Tailandia o Rusia, sino adonde los devotos
amigos sea que se van con sus varios credos
cual banda de gavias que se alejan del espejo
de la arena, o avetoro al cruzar el aislado
Barrel of Beef, o las velas que iza una garceta
al dejar su roca; bajo al mismo mar por senda
distinta con sombras de manzanillos y uveros
endebles por el viento deslucidos. Leeré algo:
brilla el aire y las sombras corren como las penas,
abro sus libros, veo sus formas a lo lejos
que se acercan y como siempre llegan, sus voces
en la hoja de una nube, la espuma en mi cabeza.







(Traducción de Luis Ingelmo)





Conversations with Derek Walcott
, premio Nobel de Literatura en 1992.