lunes, 22 de febrero de 2010

Clima: un tema global (I)

Es un tanto absurdo razonar el por qué empecé a escribir sobre un tema u otro, por qué comienzo nuevas tribus con títulos necesarios de una profusa lectura para entender su naturaleza individual dentro de este pequeño planetita. Prometo no hacerlo.

Digo esto porque plantearé una minisección dentro de Charcos de barro, la tribu indefensa, opaca, de una nocturnidad esperanzadora; la que más vías implanta con el resto del universo de internet, la que se basa en todos los vectores comunicativos de la realidad. Este pequeño experimento vendrá a profundizar en una entrada posterior: "Los porqués", las razones por las que, de una u otra forma, temblaron mis dedos al unísono del palpitar del sistema, comenzó la búsqueda de mi lugar dentro del que parece será el definitivo ecosistema, el artificial, el único capaz de mantener el ritmo de expasión de nuestra especie a costa del resto.

Uno de los muchos toques de atención respecto a dónde vamos por este camino lo recibí en Granada, acompañado de buenos amigos y gracias a la BBC, la televisión pública de Gran Bretaña, más concretamente a un documental producido por esta institución símbolo de objetividad y rigor informativo (conscientes de lo inalcanzable de la perfección); PLANETA TIERRA. Sumamente enriquecedor. No sólo por los aspectos técnicos que a menudo desviaban mi atención más que el contenido, y lo habrían hecho súbitamente de no ser por el contenido mismo. Tiene un planteamiento particular, en lugar de clasificar los capítulos por vegetales y animales (mamíferos, reptiles, aves,...), jerarquiza los capítulos por ecosistemas por lo que contribuye a ver claramente cómo cada ecosistema representa un círculo cerrado en el que conviven las diferentes especies que conforman la cadena trófica. Todos sobreviven gracias a todos.

Pero aprovechando esta sección quería compartir con vosotros los tres capítulos finales de las serie, para mí, los más importantes, en los que se aborda el problema ecológico que provoca el funcionamiento y desarrollo del sistema y que, desde un prisma totalmente nuevo, representa un peligro para que dentro de unos años no se puedan rodar los mismos acontecimientos masivos que han tenido lugar y se nos han mostrado con una indescriptible belleza durante los capítulos anteriores.

Disfrutadlos.

El futuro, conservación y desarrollo (Sólo primera parte)



El futuro, ecosistemas en peligro (Sólo primera parte)



El futuro, especies en peligro (Sólo primera parte)




jueves, 18 de febrero de 2010

Nacimiento

Cincuenta y tres personas de edad superior a la mía temblaban a mi alrededor, igual que yo, en la misma dirección que yo, las marcadas por las mismas grietas de la misma vía que recorro cada día para llevar a cabo eso que uno se empeña en llamar búsqueda.

Hacía poco tiempo que había vuelto de mis vacaciones y aún más desde que para mí ese término formaba parte de mi trabajo, de mi vida; había convertido mi tiempo libre en descanso para seguir con mi trabajo, y no me gusta.

Delante de mí, una pareja agitó su tema de conversación y comenzó a hablar sobre otra persona; al parecer una amiga de un joven de entre veinte y treinta años, con cierto tono alegre que invitaba a pensar que aún estudiaba y zapatillas deportivas, hablaba tranquilamente delante de mí, sin mirar demasiado a los ojos de su compañera de viaje; se había quedado embarazada. Tenía una amiga joven y embarazada. La pareja continúo hablando a medida que la conversación, naufragando inevitablemente en un tono entre la empatía y la compasión, se tornaba hacia un inevitable tabú. Casi sin darse cuenta terminaron hablando de la pérdida, el desengaño, la muerte. La búsqueda del comienzo lleva siempre al impacto del final y la búsqueda del final siempre lleva al milagro y naturaleza del nacimiento, así que decidí intervenir.

Me levanté de mi asiento, recordé por un instante a los vagabundos del metro y su voz de máquina expendedora martilleó y removió por un instante mis pensamientos, no sabía muy bien qué decir, pero lo dije.

- Por favor, escúchenme y no digan nada, miradme, ¡eh, existo! Miradme, -por fin me miraron entre sus temblores y mis dudas unas treinta personas- quiero que piensen en la edad que tienen, tú debes tener entre veinte y treinta años -dije dirigiéndome al joven que había estado hablando delante de mí-, ¿sabes cuánto es eso? Quiero que cada uno de ustedes sepa que la esperanza de vida en un país occidental como el nuestro es de 80 años aproximadamente, quiero que sepan que eso significa que han gastado al menos un cuarto de su vida, que mediten qué han hecho hasta ahora y, sobre todo, qué van a hacer con su vida a partir de ahora; no quiero dinero ni pollas, -culpa de la emoción- cuando lo hagan, no quiero que le tengan miedo a la muerte porque, en definitiva, es lo que da sentido a la vida, ¿qué haríamos con nuestra vida si no fuéramos conscientes de que acaba? Es más, ¿haríamos lo que estamos haciendo ahora? - el metro se detuvo en la siguiente estación pero, como era común a esas horas, no hubo muchos cambios, subieron dos personas y no bajó nadie, así que continué con mi discurso- Ya sabrán que el mundo necesita un cambio, que si hay tantos pobres es porque hay ricos que quieren que haya pobres, que hay grupos de poder, que la política es imagen y la imagen es dinero, todos lo sabéis, y no sé si no queréis verlo porque creéis que no podéis cambiarlo, pero no me creo que no lo veáis; la cuestión es que en lugar de intentar cambiarlo nos pasamos más de 11 años de nuestra vida viendo la televisión, y si fuéramos africanos, de media eso sería un quinto de nuestra vida... Tampoco pretendo asustarles, sólo quiero que sean animales sociales, imagínense un vagón lleno de cincuenta y cinco individuos de su animal favorito, águilas, vacas, monos,... mirándose sin abrir la boca; es cierto que no nos conocemos, pero tenemos más en común entre nosotros que con nuestro perro y más de uno estará pensando en dejarle la herencia... -una risa se escapó desde el fondo del vagón, junto a una señora mayor acorralada por un abrigo asfixiante y un gran colgante dorado del grosor de una soga; una señora poco común en esos ambientes- No soy quién para decirles esto, y quizás piensen que pretendo darles una lección y que no sé nada de la vida... y quizás tengan razón, pero al menos no se esfuercen en creer que son felices si no lo son, no se engañen a ustedes mismos, no lean en el metro para evadirse de la realidad, búsquense a ustedes mismos, piensen quiénes son y por quiénes son así.

Sin saber muy bien qué acababa de decir y perdida por completo la noción del tiempo había llegado a mi parada; era seguro que llegaría tarde a clase, así que no sabía muy bien qué hacer. Los que me habían escuchado seguían mirándome, como esperando a que continuase hablando, entonces la puerta de mi izquierda se abrió dejando entrar una corriente de sótano.

...

lunes, 15 de febrero de 2010

Nieve

nieve, copo de nieve

Hoy el cielo se ha desperezado derritiéndose, algo así como un tímido lagrimeo, una pausada nostalgia flotando en la dirección del estridente sonido férreo del gallo asomándose al horizonte desde los tejados. Es así como los adornos más elevados parecen regir las leyes de la naturaleza, invocan los agravios de nuestra inteligencia.

Los techos altos acumulan el peso del blanco y los niños negocian en los callejones con el precio de la pureza, la quietud, el suspiro inmóvil del tiempo, juegan a la guerra sin mercado de sangre, sabedores de que la tregua la dictan las castañas sobre la estufa, los calcetines sudando febriles al calor incendiario y el regazo tierno del crujir del otoño.

La nieve es una de esas cosas que todos deberíamos ver antes de empezar a pensar en vivir, como el mar, el cielo durante un día completo, como el baile de los vientos, el animal gestando su propia supervivencia, la irreverente elasticidad poética en el taconeo del pie quebrado,... Los codos inamovibles, entrelazados, resistentes al frío, pertenecen a esa categoría de los llamados misterios inaccesibles al hombre, aquellos retos que nos colocan en nuestro sitio.

domingo, 14 de febrero de 2010

Cristal

Llueve al otro lado del cristal, fuera.

Fuera como línea delgada, casi tanto como la que separa el cuerpo del alma; línea invisible y misteriosa, línea que separa la naturaleza de mi mundo artificial, salido de la suma de las mentes y las manos de otros. Fuera como si el cristal no formara parte de nuestro mundo, como si fuera ajeno a las dos caras a las que da la espalda simultáneamente, cristal perdido en su propia transparencia, recogido en su delgadez, indefenso, rogando entre sigilos no ser visto.

A este lado, dentro, las paredes lisas de mi humilde cueva pintadas de blanco extraído de fuera, con todo tipo de artilugios que no me protegen y, sin embargo, me permiten sobrevivir. Si algún desconocido ser natural decidiera atacarme, invocar en mí el terror, no tendría lanzas ni flechas para defenderme, ni siquiera árboles adonde subirme aunque no sepa trepar; el armario está lleno de ropa y no tendría tiempo a desterrarla de su ataúd para invadirlo con todo mi espacio, con toda mi naturaleza. A mi alrededor sólo dispongo de pedazos de fuera con formas de la psique humana, geometrías, intentos fallidos de hallar o inspirar la perfección ajena al perfecto caos de fuera, símbolos vacíos ante otros ojos, que han quemado el tiempo de sus creadores.

De dentro, sólo me salvarían algunos libros y poesías que vuelan de un lado a otro de las realidades hasta dormir en los cristales. Son ellos los únicos que me protegen, los que me demuestran que la infinitud en la naturaleza sólo es posible dentro de una palabra, un verso; son los que me susurran que el frío y el calor, el Sol, es algo común a la existencia, me revelan aquello que da sentido a mi vida y, por tanto, a mi muerte; los únicos que me recuerdan que tengo algo en el pecho, que resuena al cerrar el tomo y su universo, algo así como descalzas pisadas sobre cristales rotos, el camino de mi verdad.

No existe dentro y fuera, sólo lluvia.

sábado, 13 de febrero de 2010

Farsante

"Y tan farsantes como yo. Se burlan del viejo, de mí, de los treinta millones; no creen siquiera que esto sea o haya sido un astillero; soportan con buena educación que el viejo, yo, las carpetas, el edificio y el río les contemos historias de barcos que llegaron, de doscientos obreros trabajando, de asambleas de accionistas, de debentures y títulos que anduvieron, arriba y abajo, en las pizarras de la Bolsa. No creen, me doy cuenta, ni siquiera en lo que tocan y hacen, en los números de dinero, en los número de peso y tamaño. Pero trepan cada día la escalera de hierro y vienen a jugar a las siete horas de trabajo y sienten que el juego es más verdadero que las arañas, las goteras, las ratas, la esponja de las maderas podridas. Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real. Aceptarlo así -yo, que lo jugaba porque era juego-, es aceptar la locura."