Lo difícil es decir amor
es tan fácil
Lo difícil es decir amor
Hay una especie de caída trágica de las obsesiones de Wittgenstein desde el Tractatus Logico-Philosophicus de 1922 hasta las Investigaciones filosóficas de sus últimos años. Me refiero a una verdadera caída trágica al estilo del Libro del Génesis. La pérdida total de mundo exterior. El cuadro teórico del significado del Tractatus presume que la única relación posible entre el lenguaje y el mundo es denotativa, referencial. Para que el lenguaje sea significativo y tenga alguna conexión con la realidad, palabras como árbol y casa han de ser como pequeñas imágenes, representaciones de árboles y casas reales. Mímesis. Pero nada más. Lo que implica que sólo podemos conocer y hablar de imágenes miméticas. Lo cual nos separa, metafísica y eternamente, del mundo exterior. Si se acepta ese esquema metafísico, sólo quedan dos opciones. Una es que el individuo, con su lenguaje, está atrapado en su interior, y el mundo está afuera, y ambos nunca se encontrarán. Lo cual, aun si se piensa que las imágenes del lenguaje son de verdad miméticas, es una propuesta horriblemente solitaria. Y no hay ninguna garantía de que las imágenes sean en realidad miméticas, lo que implica una búsqueda del solipsismo. Una de las cosas por las que Wittgenstein me parece en realidad un artista es que advirtió que ninguna conclusión podía ser más terrible que el solipsismo. Y por ello destrozó todo aquello que había alabado en el Tractatus y escribió las Investigaciones, que constituyen la argumentación contra el solipsismo más exhaustiva y bella que jamás había sido escrita. Wittgenstein sostiene que para que el lenguaje sea siquiera posible, éste debe ser siempre un mecanismo de relación entre las personas (de ahí que dedique tanto tiempo argumentando contra la posibilidad de un "lenguaje privado"). Así que hace depender al lenguaje de la comunidad humana, pero por desgracia todavía mantenemos la idea de que hay un mundo de referentes ahí fuera a los que nunca podremos unirnos o conocer puesto que estamos atascados aquí, en el lenguaje, aun cuando por lo menos estemos todos juntos. Ah, sí, la otra opción original. La otra opción consiste en expandir la materia lingüística. Expandir el yo.
De Conversaciones con David Foster Wallace
Una entrevista ampliada con David Foster Wallace, por Larry McCaffery
No dejan de sucederse extraños acontecimientos al otro lado del Atlántico. Lo suficientemente esperpénticos como para no dejar pasar la ocasión de hacer un breve comentario al respecto.
Donald Trump, ¿te suena? Un conocido presidente de los Estados Unidos nada menos.
Mi teoría es que, de mayor, quiere ser como Putin.
Empecemos por el principio. Ganó las elecciones, en teoría, gracias al desprestigio de la candidata demócrata, Hillary Clinton. Gracias, supuestamente, a la colaboración del gobierno ruso a la hora de buscar trapos sucios en su cuenta privada de correo electrónico.
Después de cuatro años de controversia, ha perdido las elecciones ante el candidato demócrata Joe Biden, quien ya fue vicepresidente con Barack Obama.
Hasta aquí todo normal. Podemos analizar el mayor o menor acierto de sus decisiones al frente de la primera potencia mundial, pero hemos dicho "breve comentario".
Pero Donald Trump no es un tipo corriente. Bernie Sanders, uno de los precandidatos del partido demócrata, ya predijo, paso por paso, qué pasaría si Trump perdía las elecciones. Unas elecciones, por otro lado, especialmente condicionadas por el voto por correo debido al COVID, ese virus chino que se cura con lejía.
Paso por paso, Sanders intuyó lo que corría por una mente a menudo puerilmente previsible.
Trump, al ver que iba ganando, saldría a anunciar su victoria. Así lo hizo. Después, a medida que se realizaba el recuento del voto por correo, se daba la vuelta a la tortilla e, incapaz de aceptar la remontada, saldría enfadado, reclamando el cuento y recuento de los votos para, finalmente, denunciar en repetidas ocasiones fraude electoral.
Tras más de 60 denuncias que han sido rechazadas por falta de pruebas, todo parecía indicar que el 20 de enero se llevaría a cabo un cambio de presidente más o menos normal. Pero no... esto no podía acabar así.
Mientras se realizaba el trámite oficial del recuento para certificar protocolariamente la victoria de Biden, el presidente electo; el presidente saliente, Donald Trump, daba un discurso frente a las puertas del capitolio. Día 7 de enero.
Probablemente ni el mismísimo presidente de los Estados Unidos, todavía en el cargo, había imaginado su poder de convicción ante las miles de personas congregadas allí y que, guiadas por un fervor cuasi religioso, y quizás de algún otro tipo, ocupaban el edificio, obligando así la interrupción del acto protocolario y dejando tras de sí unas imágenes para la Historia y 5 fallecidos, entre ellos, un guardia de seguridad.
¿Pidió perdón? ¿Se sintió acaso el showman afectado por los acontecimientos? "¡Recordad este día!" Así concluía uno de sus últimos tweets eliminados de la cuenta personal de Donald Trump por la red social. Tras emitir un vídeo de no disculpas, las principales redes sociales: Twitter, Facebook y Youtube decidieron dar un paso adelante y cancelar temporalmente las cuentas del presidente.
Sí, el presidente de Estados Unidos no puede publicar en redes sociales.
Pero hoy, la cosa ha ido más lejos. Twitter ha cancelado definitivamente la cuenta de Donald Trump. Le han quitado su juguete favorito. Trump, el presidente twittero no puede publicar más, ni siquiera desde otras cuentas del gobierno.
Existe una cuenta oficial para el presidente de los Estados Unidos (@POTUS) que va cambiando de administrador para que sea el presidente de turno quien la gestione. Durante estos cuatro años, Trump la ha usado para retwitear los mensajes publicados en su cuenta personal (@realDonaldTrump) y otros de sus familiares y amigos. Sí... el presidente de la primera potencia mundial necesita followers y está dispuestos a conseguirlos como sea.
Pero hoy, señoras y señores, ha tenido lugar la gran tragedia: Twitter ha cancelado su cuenta. Y parece ser que se ha enfadado un poco. Más, me atrevería a decir, que cuando acepte de verdad que ha perdido las elecciones.
¿Y qué ha hecho Trump?
Ha publicado desde varias cuentas, entre ellas la cuenta oficial del presidente (@POTUS) para decir esto:
(Vía The Verge)
Algo así como:
"Mamá Twitter me ha echado de casa y ya no quiero a mi mamá porque mi mamá ya no me quiere, y voy a crear otra mamá porque mamá está aliada con el diablo demócrata comunista porque mamá no me escucha y yo nunca pierdo y puedo decir lo que quiera porque mío mío mío y mi mamá no sabe, snif, y soy presidente por siempre jamás y ahora voy a ser yo mamá".
A la espera de que acepte que mamá Twitter ya no le quiere, veremos a ver qué pasa.
Ahora es Twitter contra Trump, y en la red social están dispuestos a borrar todos los perfiles o cuentas asociadas a su persona. A la persona del actual presidente de los Estados Unidos.
Obviamente este no es el mayor de sus problemas. Se ha iniciado un proceso exprés de su segundo impeachment en su primera legislatura aunque difícilmente, sin el apoyo del vicepresidente republicado Mike Pence, podrán expulsarlo a las malas antes del día 20. Por lo pronto, hay una larga lista de secretarios y miembros de su gabinete que han dimitido.
En su último vídeo publicado antes de la cancelación de su cuenta, habló sobre la aceptación de su derrota, por más que aclaró que no acudirá al acto de relevo en la presidencia.
Veremos si se viene arriba y de una vez por todas hace lo que todos esperamos ansiosamente: compra Twitter.
Ya en serio: a modo de reflexión personal.
Al principio mencionaba la voluntad de Trump de parecerse a Vladimir Putin, el infinito presidente ruso. Honestamente, creo que Trump sólo quiere ser un dictador, o al menos, permanecer eternamente en el poder. Creo que él, tristemente, considera que es positivo para un país tener un gobierno regido por un líder permanente (preferiblemente él), como ocurre a efectos prácticos en Rusia.
Lo sorprendente es que, a diferencia de otros países, en toda su Historia, nunca un presidente estadounidense ha pretendido perpetuarse en el poder. Es la primera vez que ocurre, y sus seguidores parecen entregados a la causa.
Si nos fijamos en otros países que han sido gobernados por dictadores, donde los líderes de partidos de extrema derecha están copiando con éxito los métodos de Trump, el crecimiento de estos partidos es hasta cierto punto comprensible. Recurrir a los símbolos de los dorados tiempos del dictador de turno cala en una parte de la población que ha heredado y crecido con una perspectiva romántica de la dictadura, que ensalza los supuestos beneficios del autoritarismo en tiempos de incertidumbre.
Eso es lo que me tiene inquieto. Ya veremos qué pasa antes del día 20, y si volverá a presentarse en 2024. Visto lo visto, poca broma.
Las disertaciones se desarrollaron en el Instituto Vázquez Acevedo de Montevideo; congregó gran cantidad de público y toda la prensa se hizo eco, ya que los temas y las protagonistas prometían ser interesantes:
Gabriela Mistral: Acto de obediencia a un ministro
Juana de Ibarbourou: Casi en pantuflas
Alfonsina Storni: Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj
En ese paréntesis feliz, escribe Graciela un prólogo, que es la respuesta a muchos lectores que desean saber, precisamente, como escriben los poetas. Y a esta curiosidad contesta en enero de 1938:
Las mujeres no escribimos solemnemente como Buffon, que se ponía para el trance su chaqueta de mangas con encajes y se sentaba con toda solemnidad a su mesa de caoba.
Yo escribo sobre mis rodillas y la mesa o escritorio nunca me sirvió de nada, ni en Chile, ni en París, ni en Lisboa.
Escribo de mañana o de noche, y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la razón de su esterilidad o de su mala gana para mí...
Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles.
Mientras fui criatura estable de mi raza y mi país, escribí lo que veía o tenía muy inmediato, sobre la carne caliente del asunto. Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas. La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico pero muy fiel, que más que envolverme, me forra y me oprime y rara vez me deja ver el paisaje y la gente extranjeros. Escribo sin prisa, generalmente, y otras veces con una rapidez vertical de rodado de piedras en la Cordillera. Me irrita, en todo caso, pararme, y tengo siempre al lado, cuatro o seis lápices con punta porque soy bastante perezosa, y tengo el hábito regalón de que me den todo hecho, excepto los versos...
En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua, exigiéndole intensidad, me solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma...
Ahora ya no me peleo con las palabras sino con otras cosas... He cobrado el disgusto y el desapego de mis poesías cuyo tono no es el mío por ser demasiado enfático. No me excuso sino aquellos poemas donde reconozco mi lengua hablada, eso que llamaba Don Miguel el vasco, la «lengua conversacional».
Corrijo bastante más de lo que la gente puede creer, leyendo unos versos que aún así se me quedan bárbaros. Salí de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible, queda en lo que hago, sea verso o sea prosa.
Escribir me suele alegrar; siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno, infantil. Es la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real, en mi costumbre, en mi suelto antojo, en mi libertad total.
Me gusta escribir en cuarto pulcro, aunque soy persona bastante desordenada. El orden parece regalarme espacio, y este apetito de espacio lo tiene mi vista y mi alma.
En algunas ocasiones he escrito siguiendo un ritmo recogido en un caño que iba por la calle lado a lado conmigo, o siguiendo los ruidos de la naturaleza, que todos ellos se me funden en una especie de canción de cuna.
Por otra parte, tengo aún la poesía anecdótica que tanto desprecian los poetas mozos.
La poesía me conforta los sentidos y eso que llaman el alma; pero la ajena mucho más que la mía. Ambas me hacen correr mejor la sangre; me defienden la infantilidad del carácter, me aniñan y me dan una especie de asepsia respecto del mundo.
La poesía es en mí, sencillamente, un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía que hago me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción. Tal vez el pecado original no sea sino nuestra caída en la expresión racional y antirrítmica a la cual bajó el género humano y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano.
Es todo cuanto sé decir de mí y no me pongáis vosotros a averiguar más...