miércoles, 7 de abril de 2010

Palabrería

Quizás esta sea la semana en la que más cosas quiero escribir en este blog, y precisamente no me dispongo a hablar de ninguna; podría hablar de mi última experiencia en el viaje El Ejido-Madrid, sobre mi estancia en El Ejido o mi supervivencia temprana en Madrid, sobre el vídeo que estuve ayudando a montar anoche, sobre el próximo capítulo de Lluvia, sobre mi proyecto de libro, sobre mis dudas, sobre la carta que le he enviado a Eduard Punset después de haber asistido a una conferencia suya esta tarde, aquí, en Madrid, en esta isla desierta anegada por mares de gente, sí, quizás pudiera escribir sobre mí, sobre ti, sobre nosotros, sobre el tiempo que no estuvimos y el que no estamos, sobre el que no estaremos porque no queramos ser nosotros mismos y estemos esperando a hablarnos, cuando siquiera aún nos conocemos... quizás pudiera hablar de un sueño, del teatro, de la ironía, de la vergüenza,... quizás pudiera hablar de algo...

Pero no quiero hablar de nada, sólo de lo que no quiero hablar, de lo último que pienso, porque... ¿qué somos al fin y al cabo? Pensamos muchas cosas al día de las cuales no plasmamos en nuestra realidad ni una diezmilésima parte; pero lo que somos, por encima incluso de lo que hacemos, es lo último que pensamos al llegar a una cama, solitaria como un estanque sin visita en mitad de un océano desértico.

martes, 6 de abril de 2010

Hogares

Contar estrellas se hace pesado si no cesa el parpadeo

La vida es una suma de habitaciones

Las habitaciones,
sin dueño, son de paredes secas,
limpias de recuerdos o miradas,
de tactos, de instrumentos.

Son cepos sin reflejos
ni recorridos,
ventanas
sin estrellas,
el paisaje nocturno son sólo puntos con retraso.

Lo dije.
Contar estrellas se haría pesado.

Son espacios sin fragilidad,
burbujas sin aire, pompas sin hidróxido de sodio,
restos de tierra bien adiestrados
sin raíces,
desconocidos,
vértices.

Te lo advertí,
nunca cesará el parpadeo.

Las habitaciones,
libres, son de paredes secas,
sin siervos, ajenas a los segundos,
a las curiosidades de la lascivia,
a los cielos redondos,
a los barcos de sueños

que soporten los números de esta irreductible tempestad de ausencias.


SpNt2005 - 5/4/10

Esta no estará en el libro, por si os lo preguntabais.

Retiro lo dicho. Es demasiado mía.

lunes, 5 de abril de 2010

viernes, 2 de abril de 2010

Esclavos del miedo

Es extraño aceptar con el tiempo lo que uno mismo escribe, como si el ejercicio de escribir se convirtiera en una especie de revelación de los propios pensamientos aún antes de que los hubiere imaginado. En esto se está convirtiendo escribir sobre la humanidad, desde fuera de la humanidad, aún cuando mi cuerpo pertenece a esta especie.

Soy de los que piensan que los animales sienten y son felices; ¿es que acaso no lo somos nosotros después de orinar, comer o echar un buen polvo? Si aquello que nos recuerda a cada instante que somos animales es para algunos lo único que nos une a la felicidad y también al resto de especies, ¿por qué el resto de especies no van a paladear el placer de los sentidos?

¿Y por qué parece tan importante si sienten o no los animales?¿Acaso deberíamos basar nuestra visión y nuestro trato en función de sus sentimientos?¿Es la empatía el único mecanismo que puede evitar nuestro suicidio? No lo sé. Sin embargo, mira a tu alrededor, tú, urbanita: los únicos animales que ves a tu alrededor son tus esclavos.

Si te das cuenta el único sonido de animales que puedes escuchar ahora mismo en cualquier ciudad es el ladrido condescendiente y el dulce y rebelde canto de los pájaros de los parques.

Las pequeñas aves son los únicos animales que han sobrevivido entre nosotros de forma salvaje. ¿Por qué? a) no volamos y, por tanto, pueden huir de nosotros con facilidad; b) su alimento (insectos o restos de comida) proporciona comodidad y limpieza a pequeña escala a nuestra especie; c) el hombre utiliza aves para uso propio, por ejemplo en los aeropuertos, aunque parece ser que es sólo cuestión de tiempo (probablemente el hombre, a través de los aeropuertos, marcará las rutas migratorias de las aves "por la seguridad de sus pasajeros") o la magia gracias a las más ingenuas; y d) sus excrementos no son extremadamente temidos por nuestra especie.

Aún así, aunque las palomas urbanas (.pdf) ya se han convertido en un peligro al portar en sí las características propias de la naturaleza: deterioran los edificios que el hombre levantó sobre una tierra llana y transmiten enfermedades que ponen en riesgo la común a todas las especies y más necesaria enfermedad de todas: la vida (¿es acaso la vida humana una vida diferente?).

A las palomas ya se les llama incluso "ratas con alas". Como si así fueran a ofenderse y decidieran por voluntad propia dejar paso a nuestra codicia, es más, las golondrinas "se rebelan" contra nosotros poniendo sus nidos en nuestros balcones, sustitutos de los árboles que les robamos.

Las ratas de ciudad (que hace tiempo que dejaron de vivir en el agujero de la pared de la cocina), sin embargo, no pueden huir tan fácilmente de nosotros, por lo que han quedado desterradas a los lugares a los que el hombre no tiene acceso por cuestión de tamaño o salubridad. Sólo pueden vivir en los resquicios de la máquina que el hombre ha creado. Si sólo hay tan pocos tipos es simplemente porque las otras 643 especies de su familia, los múridos, no han resistido bajo esas condiciones o no han tenido tiempo de adaptarse al nuevo depredador: el progreso. Con mucha más capacidad de adaptación debido a su alta capacidad reproductiva, los insectos se han adaptado mucho mejor, e incluso han provocado plagas cuando el hombre ha dejado de alejar sus excrementos de la ciudad o el planeta.

Lo curioso es que, a cambio de su destierro, el hombre ha beneficiado a estas especies con su mayor conquista: su explosión demográfica. Estas especies, al estar adaptadas para el ecosistema urbano, no tienen muchas dificultades para expandirse a lo largo y ancho del planeta gracias al calor. Ese es el milagro de la supervivencia en términos de selección natural (o te adaptas o desapareces).

Es cierto que las cucarachas sobrevivirían a un desastre nuclear, sin embargo, esto no significa que "conquistarían" la Tierra, no encabezarían la lista de opresores; los insectos no producen calor interno, por lo que si la luz no se mantiene encendida en las zonas frías del planeta morirían. El caso de las ratas es similar, sobreviven gracias al calor y a los residuos que generamos, fuera de las ciudades tendrían que buscar comida en un área más extensa y no tendrían la protección de los edificios; en un planeta de animales el sol volvería a marcar el curso de todas las vidas (véase el documental La vida sin seres humanos, una vez conocido el gran final aumenta el valor de los detalles).

Son esclavos porque les servimos de sustento pero nos temen. Y esa es su única forma de sobrevivir ante un depredador tan hambriento.

El resto de mamíferos de tierra: los perros, gatos o cualquier otra mascota, que duermen en el salón de casa, que sólo despiertan sus instintos al olor de la carne; no entran dentro de esta utopía. Comen comida elaborada, transportada en sacos y servida en plato. Son esclavos que obedecen órdenes, las suficientes como para no temerlos, símbolos de la inocencia perdida.

Porque somos esclavos de nuestro miedo.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Luis Cernuda

De Las nubes (1937-1940),
extraído de Antología poética La realidad y el deseo.

Luis Cernuda recitando sus poemas (.ram).

Ensayo Luis Cernuda y la poesía de la meditación,
de José Ángel Valente. (Muy recomendado)

El ruiseñor sobre la piedra

Lirio sereno en piedra erguido
junto al huerto monástico pareces.
Ruiseñor claro entre los pinos
que un canto silencioso levantara.
O fruto de granada, recio afuera,
mas propicio y jugoso en lo escondido.
Así, Escorial, te mira mi recuerdo.
Si hacia los cielos anchos te alzas duro,
sobre el agua serena del estanque
hecho gracia sonríes. Y las nubes
coronan tus designios inmortales.

Recuerdo bien el sur dónde el olivo crece
junto al mar claro y el cortijo blanco,
mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra
gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares,
y allí encuentra regazo, alma con alma.
Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.
¿Qué saben de ella quienes la gobiernan?
¿Quiénes obtienen de ella
fácil vivir con un social renombre?
De ella también somos los hijos
oscuros. Como el mar, no mira
que aguas son las que van perdidas a sus aguas,
y el cuerpo, que es de tierra, clama por su tierra.

Porque me he perdido
en el tiempo lo mismo que en la vida,
sin cosa propia, fe ni gloria,
entre gentes ajenas
y sobre ajeno suelo
cuyo polvo no es el de mi cuerpo;
no con el pensamiento vuelto a lo pasado
ni con la fiebre ilusa del futuro,
sino con el sosiego casi triste
de quien mira a lo lejos, de camino,
las tapias que de niño le guardaran
dorarse al sol caído de la tarde,
a ti, Escorial, me vuelvo.

Hay quienes aman los cuerpos
y aquellos que las almas aman.
Hay también los enamorados de las sombras
como poder y gloria. O quienes aman
sólo a sí mismos. Yo también he amado
en otro tiempo alguna de esas cosas,
mas después me sentí a solas con la tierra,
y la amé, porque algo debe amarse
mientras dura la vida. Pero en la vida todo
huye cuando el amor quiere fijarlo.
Así también la tierra la he perdido,
y si hoy hablo de ti es buscando recuerdos
en el trágico ocio del poeta.

Tus muros no los miro
con mis ojos de tierra,
ni los tocan mis manos.
Están aquí dentro de mí, tan claros,
que con su luz borran la sombra
nórdica donde estoy, y me devuelven
a la sierra granítica en que sueñas
inmóvil, por la verde foscura de los montes
brillando al sol como un acero limpio,
desnudo y puro tal de carne efímera,
pero tu entraña es dura, hermana de los dioses.

Eres alegre, con gozo mesurado
hecho de impulso y de recogimiento,
que no comprende el hombre si no ha ido
hermano de tus nubes y tus piedras.
Vivo estás como el aire
abierto de montaña,
como el verdor desnudo
de solitarias cimas,
como los hombres vivos
que te hicieron un día,
alzando en ti la imagen
de la alegría humana,
dura porque no pase,
muda porque es un sueño.

Agua esculpida eres,
música helada en piedra.
La roca te levanta
tal un ave en los aires;
piedra, columna, ala
erguida al sol, cantando
las palabras de un himno,
el himno de los hombres
que no supieron cosas útiles
y despreciaron cosas prácticas.
¿Qué es lo útil, lo práctico,
sino la vieja hañagaza diabólica
de esclavizar al hombre
al infierno en el mundo?

Tú, hermosa imagen nuestra,
eres inútil, como el lirio
pero ¿cuáles ojos humanos
sabrían prescindir de una flor viva?
Junto a una sola hoja de hierba
¿Qué vale el horrible mundo práctico
y útil, pesadilla del norte,
vómito de la niebla y el fastido?
Lo hermoso es lo que pasa
negándose a servir. Lo hermoso, lo que amamos,
tú sabes que es un sueño y que por eso
es más hermoso aún para nosotros.

Tú conoces las horas
largas del ocio dulce,
pasadas en vivir de cara al cielo
cantando el mundo bello, obra divina,
con voz que nadie oye
ni busca aplauso humano,
como el ruiseñor canta
en la noche de estío,
porque su sino quiere
que cante, porque su amor le impulsa.
Y en la gloria nocturna
divinamente solo
sube su canto puro a las estrellas.

Así te canto ahora, porque eres
alegre, con trágica alegría
titánica de piedras que enlaza la armonía,
al coro de montañas sujetándola.
Porque eres la vida misma
nuestra, mas no perecedera,
sino eterna, con sus tercos anhelos
conseguidos por siempre y nuevos siempre
bajo una luz sin sombras.
Y si tu imagen tiembla en las aguas tendidas,
es tan sólo una imagen;
y si el tiempo nos lleva, ahogando tanto afán insatisfecho,
es sólo como un sueño,
que ha de vivir tu voluntad de piedra,
ha de vivir, y nosotros contigo.


.