viernes, 26 de septiembre de 2014

jueves, 25 de septiembre de 2014

Mahabarata


Los hijos de Dhritarashtra

Sauti continuó:

Dhritarashtra esperaba convertirse en padre de cien hijos; Vyasa lo había predicho antes incluso de su nacimiento. Por su parte, Gandhari, su fiel esposa, había recibido el raro favor de concebir cien hijos.

El rey Janamejaya interrumpió el canto del brahmán Vaishampayana:
- ¿De verdad es posible que un mujer dé a luz a cien hijos? ¡Y es sabido que Gandhari fue madre una sola vez!
Vayshampayana contestó así...

Gandhari, embarazada desde hacía dos años, seguía esperando el tiempo de su alumbramiento. Cuando se enteró de que su cuñada Kunti, la primera esposa de Pandu, acababa de traer al mundo a Yudhishtira, su primer hijo, montó en cólera y se puso a golpearse el vientre con los puños. Al punto se hicieron sentir los dolores del parto; pero, en lugar de un niño, Gandhari dio a luz a una bola de carne redonda y dura. La corte real se llenó de asombro: ¿eso eran los cien hijos prometidos?
Gandhari se fue corriendo a buscar a Vyasa.
- No debes preocuparte -la tranquilizó el sabio-; lo que tienes que hacer es traerme cien ollas llenas de mantequilla fundida.
Cuando tuvo ante él las ollas, el sabio dividió la bola de carne en cien trozos del grosor de un pulgar y puso uno en cada olla.
- Esto es lo que se refiere a tus cien hijos –explicó a Gandhari-. Todavía me queda un trozo. ¿A qué quieres destinarlo?
- Me gustaría tener una hija -respondió, con aliento entrecortado Gandhari, que, al ver al sabio tan seguro de sí mismo, se lo esperaba todo.
Vyasa echó, pues, ese último trozo en una olla suplementaria. Luego prescribió a Gandhari que cubriera las ciento una ollas y las depositara en un lugar oculto, en la oscuridad, durante dos años, sin mirar nunca lo que había dentro. Ella lo cumplió exactamente.
Dos años después apareció el primer nacido, que fue Duryodhana. El primer hijo de Dhritarashtra era, por tanto, dos años más joven que su primo Yudhishthira, y tenía más o menos la edad del segundo hijo de Kunti, Bhimasena.
Cuentan que Duryodhana, cuando nació, en vez de gritar como los demás niños, se puso a rebuznar como un asno. Los chacales, los buitres y los asnos comenzaron entonces a chillar, a graznar y a rebuznar; soplaron vientos secos en rachas que esparcían violentas llamaradas. Preocupado, Dhritarashtra decidió reunir en consejo a Bhishma, a Vidura y a unos sabios brahmanes versados en las Escrituras, a sus consejeros íntimos y a sus astrólogos, y les preguntó:

     Yudhishthira, el primogénito de Pandu y de Kunti,
     subirá al trono de los Bharata;
     Yo reconozco solemnemente su derecho.

     Pero Duryodhana, mi hijo que acaba de nacer,
     ¿no será nunca rey?

En el momento en que pronunciaba estas palabras, se oían aún con más fuerza los lúgubres aullidos de los chacales y de otros animales carroñeros. Prestando oído a estos siniestros presagios, la asamblea se expresó mediante la voz del sabio Vidura:

     Estos signos, oh rey, que han surgido
     cuando tu primer hijo viene al mundo,
     son de muy mal augurio.

     Todo hace presagiar que este hijo
     destruirá tu dinastía.
     ¡Oh, rey, no lo reconozcas!

     Si lo conservas entre nosotros,
     una catástrofe amenaza.
     Te quedan otros noventa y nueve.
     ¡Oh, rey, no lo reconozcas!

     Pues se ha dicho:
     “para salvar a una familia, más vale sacrificar
     a uno de sus miembros;
     para salvar a una aldea, sacrificar una familia;
     para salvar al país, sacrificar a una aldea;
     para salvar la propia alma, más vale renunciar
     al mundo entero”.

Por desgracia, Dhritarashtra no siguió en absoluto el inmediato consejo de Vidura y de sus otros consejeros. Estaba demasiado apegado a su hijo.

Al nacimiento de Duryodhana siguieron los de sus noventa y nueve hermanos, que salieron de su olla, uno por uno, en el espacio de un mes. Finalmente, del recipiente número ciento uno surgió la hija prometida. Así se respetó la palabra de Vyasa y se cumplieron los deseos de Gandhari.


Fragmento extraído de El Mahabharata (versión abreviada de la Editorial Sígueme).


El Mahabharata (“la Gran Historia de los Bharata”), es una epopeya de la India. Se inspira en un acontecimiento probablemente histórico: una lucha fraticida que podría haber sucedido en el siglo XIV a. de C. entre los Kaurava y los Pandava. Su autor se conoce como Vyasa, y contiene de 82.000 a 95.000 estrofas (shloka) según las versiones, entre unos 328.000 y 380.000 versos, que representan diez o doce volúmenes de una extensión media.

La versión completa en español se ha publicado recientemente por primera vez (marzo de 2014) en 12 tomos, a cargo de la Editorial Hastinapura a partir de la versión traducida al inglés por Moham Ganguli.

martes, 23 de septiembre de 2014

Carlos María Ruiz de la Rosa


Un hozar sin respeto

De Y sobre el puente el rey (2007)

La violencia es cosa de niños.
Aunque haya ejércitos sobre la tierra.
La violencia es cosa de niños
que juegan,
que hozan por donde no tiene
sentido hablar, porque se trata
de ver quién es el más valiente,
el más fuerte para empujar,
el más ágil para voltear
con fuerza contra el suelo
al osado rival.
Niños que juegan,
moratón a mosqueta,
y mientras juegan van creciendo,
sin perder la apetencia de jugar,
el arma de jugar
a la violencia.
Y así, jugando, les sucede
que alguna vez descubren
un sangriento cadáver a su lado.



lunes, 22 de septiembre de 2014

Preposición


Proposición preposicional

A los hechos me remito
ante la duda
bajo llave
cabe esperar
con el rabo entre las piernas
contra lo establecido
de perdidos al río
desde que nací
en el brillo de tus ojos
entre pasado y futuro
hacia tu rostro
hasta chocarme
para besarte
por la cara
según la circunstancia
sin pedir permiso
sobre el horizonte
tras la ventana
durante el tiempo
mediante el mundo.



SpNt2005 – 19/9/14

Ya sabrán que soy muy dado a juegos.
Si han estado un poco atentos, se habrán dado cuenta de que cada verso comienza con una preposición. A veces yo también me aburro.


Dicho esto, les invito a escribir una poesía en la cual cada verso se inicie de esta manera 
y la compartan con nosotros.
La única regla es que si se trata de poesía,
cualquier excusa es buena.

Es tan fácil de lo que parece.

(Hace un tiempo me planteé escribir varias poesías de este tipo -más- dirigidas a niños, 
algo así como poesía didáctica del lenguaje. Tal vez lo haga, más adelante)

Respecto a mi teoría de poesía, aquí se puede ver que me divierte mucho:
1. Utilizar expresiones populares con difícil traducción a otros idiomas
2. Jugar con el cambio de sentido de un verso en relación con el anterior y el posterior


jueves, 18 de septiembre de 2014

Sobre poesía (I)


Escribir poesía era sencillo al principio: tan joven mi vocabulario era bastante escaso. En este sentido, tengo que agradecer a mi maestro de 6º de Primaria, don Fructuoso, sus esfuerzos por enseñarnos los diferentes tipos de palabras según su morfología. Concretamente, las preposiciones (a, ante, bajo, cabe...), las conjunciones (copulativas y adversativas), los adverbios (de tiempo, de modo, de lugar...), los determinantes (artículos, numerales, indefinidos...), las locuciones... Gracias a estos conocimientos, escribir se convirtió en algo divertido desde mi tierna infancia.

La idea central de mis primeros poemas era una narración simple en primera persona, con un protagonista que no era yo sin dejar de serlo. La base eran sustantivos comunes como “nube”, “sueño”, “ángel”... y algún abstracto: “amor”, “paz”... palabras que cualquier niño ha escuchado o dicho alguna vez; y lógicamente, muchos verbos y algún que otro adjetivo.

Escribir poesía consistía en enlazar estas pocas palabras en un marco limitado de 14 versos de 8 sílabas. Jugaba a sorprenderme y deducir todos los posibles caminos de mis primeras metáforas. Después de reescribir y reescribir mi primera poesía, me pareció justo escribir otra desde el principio. Cuando descubrí la estrofa, me descubrí al verso libre.

Escribir poesía era y sigue siendo una forma de conocerme a mí mismo. Era mi forma de aprender y recordarme como alguien pasado que no quería olvidar. Cuando creía encontrar una “versión definitiva” de un poema, pasaba al siguiente. Años después, leía (leo) lo que escribí, con esas mismas palabras y a menudo encuentro significados que evolucionan a medida que evoluciona su lector, en este caso, yo. Quizás sea ese índice variable de sorpresa (grata o amarga) una de las principales razones por las que sigo releyendo (y escribiendo) como forma de reencontrarme.

Cuento esto porque no sabía cómo empezar. De un tiempo a esta parte reviso las poesías incluso varios meses después de escribirlas, y hago pequeños retoques, y cambio palabras, y el orden sintáctico... lo que me obliga a hacerme la siguiente pregunta: ¿por qué?

La respuesta parece simple: para ser mejor, o para ser más claro, o para ser más sintético, o parecer más bello.

Últimamente estoy leyendo bastante (también) sobre teorías de cineastas.

La primera lección es que una teoría, como concepción de un arte, no se define a priori, si no que se refleja a partir de la obra. Es decir, de la práctica se extrae la teoría.

Los principios básicos son conclusiones establecidas por medio de la experiencia creativa, mientras se filma o se escribe; es ahí donde se encuentran las preguntas y se haya la mejor respuesta a qué debe hacerse en función de ese plano-secuencia o verso en concreto para expresar una idea.

Este conjunto de respuestas termina conformando un modo de comunicar ideas, que aplicado como esqueleto de una obra o esquema interpretativo de la realidad, es identificado como parte de la idiosincrasia o estilo propio y único de cada artista, que no deja de ser una reconstrucción constante de sí mismo y de la sociedad de su tiempo.

No hay leyes universales, sólo indicios preconstruidos de cómo se deben hacer las cosas en función de lo que aprendemos o nos enseñan quienes consideramos como nuestros maestros.

Hay unas leyes básicas. En el caso de la poesía, hay que respetar las normas propias del lenguaje, por cuanto haga posible la interpretación inequívoca de lo que se lee, respetando su grado de ambigüedad.

Me viene a la cabeza, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez, que convierte faltas de ortografía absurdas para el niño que aprende a escribir (“nostaljia”), en signos de un lenguaje propio que no deja de ser común y, por lo tanto, comprensible. O Góngora, que altera el orden lógico de una frase para potenciar su capacidad expresiva y de sentido, en consonancia con su época, el Barroco.

No me considero un experto en el tema (todavía me pierdo con los nombres de algunos recursos literarios que no sé siquiera si utilizo), pero creo que poco a poco, poema a poema, verso a verso, estoy empezando a plantearme preguntas que me dirigen hacia una construcción de una teoría personal de la Poesía.

Antes de adentrarme en semejante desafío, seguiré leyendo. Además del libro “Las teorías de los cineastas”, de Jacques Aumont (anteriormente mencionado y todavía a medias); acabo de descubrir en la biblioteca “El arte del verso”, de Mateo de Vendôme, una obra escrita en latín en torno al año 1175 y traducida por María del Rosario Neira Piñeiro. Una joyita de la que espero aprender buena parte de aquello que nunca me enseñaron.

Sirva como introducción la definición que Mateo de Vendôme hace del verso:

“El verso es un enunciado métrico que se desarrolla ágilmente en forma de cláusulas, con una hermosa combinación de palabras y embellecido con el adorno de las ideas, donde no falta ni sobra nada. Así pues, ni la adición de vocablos, ni el cómputo de los pies, ni el conocimiento de los tiempos hace el verso, sino la elegante disposición de las palabras, la expresión de las propiedades y el epíteto observado de cada cosa.”


Continuará...