lunes, 15 de febrero de 2010
Nieve
Hoy el cielo se ha desperezado derritiéndose, algo así como un tímido lagrimeo, una pausada nostalgia flotando en la dirección del estridente sonido férreo del gallo asomándose al horizonte desde los tejados. Es así como los adornos más elevados parecen regir las leyes de la naturaleza, invocan los agravios de nuestra inteligencia.
Los techos altos acumulan el peso del blanco y los niños negocian en los callejones con el precio de la pureza, la quietud, el suspiro inmóvil del tiempo, juegan a la guerra sin mercado de sangre, sabedores de que la tregua la dictan las castañas sobre la estufa, los calcetines sudando febriles al calor incendiario y el regazo tierno del crujir del otoño.
La nieve es una de esas cosas que todos deberíamos ver antes de empezar a pensar en vivir, como el mar, el cielo durante un día completo, como el baile de los vientos, el animal gestando su propia supervivencia, la irreverente elasticidad poética en el taconeo del pie quebrado,... Los codos inamovibles, entrelazados, resistentes al frío, pertenecen a esa categoría de los llamados misterios inaccesibles al hombre, aquellos retos que nos colocan en nuestro sitio.
domingo, 14 de febrero de 2010
Cristal
Llueve al otro lado del cristal, fuera.
Fuera como línea delgada, casi tanto como la que separa el cuerpo del alma; línea invisible y misteriosa, línea que separa la naturaleza de mi mundo artificial, salido de la suma de las mentes y las manos de otros. Fuera como si el cristal no formara parte de nuestro mundo, como si fuera ajeno a las dos caras a las que da la espalda simultáneamente, cristal perdido en su propia transparencia, recogido en su delgadez, indefenso, rogando entre sigilos no ser visto.
A este lado, dentro, las paredes lisas de mi humilde cueva pintadas de blanco extraído de fuera, con todo tipo de artilugios que no me protegen y, sin embargo, me permiten sobrevivir. Si algún desconocido ser natural decidiera atacarme, invocar en mí el terror, no tendría lanzas ni flechas para defenderme, ni siquiera árboles adonde subirme aunque no sepa trepar; el armario está lleno de ropa y no tendría tiempo a desterrarla de su ataúd para invadirlo con todo mi espacio, con toda mi naturaleza. A mi alrededor sólo dispongo de pedazos de fuera con formas de la psique humana, geometrías, intentos fallidos de hallar o inspirar la perfección ajena al perfecto caos de fuera, símbolos vacíos ante otros ojos, que han quemado el tiempo de sus creadores.
De dentro, sólo me salvarían algunos libros y poesías que vuelan de un lado a otro de las realidades hasta dormir en los cristales. Son ellos los únicos que me protegen, los que me demuestran que la infinitud en la naturaleza sólo es posible dentro de una palabra, un verso; son los que me susurran que el frío y el calor, el Sol, es algo común a la existencia, me revelan aquello que da sentido a mi vida y, por tanto, a mi muerte; los únicos que me recuerdan que tengo algo en el pecho, que resuena al cerrar el tomo y su universo, algo así como descalzas pisadas sobre cristales rotos, el camino de mi verdad.
No existe dentro y fuera, sólo lluvia.
Fuera como línea delgada, casi tanto como la que separa el cuerpo del alma; línea invisible y misteriosa, línea que separa la naturaleza de mi mundo artificial, salido de la suma de las mentes y las manos de otros. Fuera como si el cristal no formara parte de nuestro mundo, como si fuera ajeno a las dos caras a las que da la espalda simultáneamente, cristal perdido en su propia transparencia, recogido en su delgadez, indefenso, rogando entre sigilos no ser visto.
A este lado, dentro, las paredes lisas de mi humilde cueva pintadas de blanco extraído de fuera, con todo tipo de artilugios que no me protegen y, sin embargo, me permiten sobrevivir. Si algún desconocido ser natural decidiera atacarme, invocar en mí el terror, no tendría lanzas ni flechas para defenderme, ni siquiera árboles adonde subirme aunque no sepa trepar; el armario está lleno de ropa y no tendría tiempo a desterrarla de su ataúd para invadirlo con todo mi espacio, con toda mi naturaleza. A mi alrededor sólo dispongo de pedazos de fuera con formas de la psique humana, geometrías, intentos fallidos de hallar o inspirar la perfección ajena al perfecto caos de fuera, símbolos vacíos ante otros ojos, que han quemado el tiempo de sus creadores.
De dentro, sólo me salvarían algunos libros y poesías que vuelan de un lado a otro de las realidades hasta dormir en los cristales. Son ellos los únicos que me protegen, los que me demuestran que la infinitud en la naturaleza sólo es posible dentro de una palabra, un verso; son los que me susurran que el frío y el calor, el Sol, es algo común a la existencia, me revelan aquello que da sentido a mi vida y, por tanto, a mi muerte; los únicos que me recuerdan que tengo algo en el pecho, que resuena al cerrar el tomo y su universo, algo así como descalzas pisadas sobre cristales rotos, el camino de mi verdad.
No existe dentro y fuera, sólo lluvia.
sábado, 13 de febrero de 2010
Farsante
"Y tan farsantes como yo. Se burlan del viejo, de mí, de los treinta millones; no creen siquiera que esto sea o haya sido un astillero; soportan con buena educación que el viejo, yo, las carpetas, el edificio y el río les contemos historias de barcos que llegaron, de doscientos obreros trabajando, de asambleas de accionistas, de debentures y títulos que anduvieron, arriba y abajo, en las pizarras de la Bolsa. No creen, me doy cuenta, ni siquiera en lo que tocan y hacen, en los números de dinero, en los número de peso y tamaño. Pero trepan cada día la escalera de hierro y vienen a jugar a las siete horas de trabajo y sienten que el juego es más verdadero que las arañas, las goteras, las ratas, la esponja de las maderas podridas. Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real. Aceptarlo así -yo, que lo jugaba porque era juego-, es aceptar la locura."
Quédate

Me detengo y respiro. Por fin. Una vez más ante este fondo blanco, solo. Solos.
Ahora es cuando el blanco me susurra algo que nadie más puede oír pero puedes leer; admítelo, estás esperando que te diga lo que quieres oir, si no... no estarías aquí. Disculpa, estás agotado... los días pasan como rayos y llevo una semana con los pelos de punta.
Siempre cuento lo mismo, cada hora en punto la misma pueril cantinela una y otra vez, expresada incansablemente a través de infinitas formas, con mil letras distintas bailando sobre un escenario siempre sordo, entonando el mismo mensaje asfixiado dentro de la misma botella a la misma deriva de siempre... Tengo miedo. Agacho la mirada hacia atrás y palpo un suelo aparentemente firme con azulejos sonrojados, con olor a bizcocho con el olor de mi abuela... tan intenso que algún día despegará, y no quiero que se vaya, quiero que se quede para contarme historias las noches en las que dejan de importar los horarios y los amaneceres, y sé que no puedo impedirlo. Tengo miedo a las partes tristes de mi biografía. Y sabemos que estás loco, sabemos que si aún no están todas en tu memoria es porque aún no has tenido tiempo de escribir, llorar sobre ti, será que vives en el pasado. Será demasiado tarde. Estaré llorando.
No es la primera vez que esto sucede, te sientes frágil y quiero que recuerdes de dónde vienes, que sobrevivas con ese suicida requisito mínimo tuyo... ser feliz... aún cuando conoces lo pesado de esa carga cuando las sonrisas están fuera de contexto. Pero no debes preocuparte por eso, tú sigue sonriendo, escuchando canciones tristes, con pianos y violines distantes... sigue soñando en la cama hasta tarde y despierto mientras te dejen. Yo te protejo. Sigues siendo su niño pequeño, en el fondo sigues siendo el mismo que el primer día de primaria se quedó sentado en la puerta del colegio esperando sentado a que volvieras, no dejes que nadie te haga olvidarlo y siéntete orgulloso de tu mirada perdida, curiosa, aunque se haya emborronado la cara de tu princesa y te cueste encontrarla, aunque cada amor se haya llevado una parte del significado de los besos, aunque sepas que cuando la encuentres tendrás aún más miedo a amar aquello que sabes que vas a perder.
La amarás con todo tu ser, aunque sabes que la perderás. Sabes que morirás con ella.
Pero, amigo, así es la vida, y vive, o me quedaré en blanco.
viernes, 12 de febrero de 2010
José de Espronceda
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:
Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
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